domingo, 21 de septiembre de 2025

El linaje del libro: una reseña de "El infinito en un junco"

 


¿Alguna vez te has parado a pensar que el libro que tienes en las manos es, en realidad, un superviviente? No es solo una colección de páginas; es el testigo de una batalla milenaria contra la desmemoria. 

Si buscas una historia que te haga ver tus estanterías con otros ojos, deja de lado las sinopsis de moda y zambúllete en las aguas profundas de "El infinito en un junco", de Irene Vallejo, uno de los mejores ensayos que he leído en el tiempo reciente.

Este libro no es un ensayo académico, es una crónica de guerra y un mapa de tesoros. Vallejo traza el increíble linaje del libro, un viaje que no se mide en kilómetros, sino en materiales: de las pesadas tablillas de arcilla del mundo antiguo a los ligeros y efímeros rollos de papiro. Es un relato sobre cómo la humanidad inventó un objeto para guardar su propia memoria, escapando del olvido.

La verdadera magia del libro no reside en la imprenta, ese final feliz que ya todos conocemos. El corazón de la obra de Vallejo late en la tenaz y artesanal resistencia anterior a Gutenberg. Nos habla de esos copistas anónimos, casi fantasmas en la historia, que con la cabeza gacha y la mano encallecida, dedicaron sus vidas a copiar y custodiar textos. Su sudor y su sangre se filtraron en esos pergaminos, creando una cadena de conocimiento que llegó hasta nosotros.

Leer este libro es entender que el ser humano es lo que es gracias a la invención del lenguaje, y el libro es la herramienta que permitió conservar y transmitir ese conocimiento a los que nacerían en el futuro. 

Es comprender que cada página que hojeamos no solo contiene palabras, sino la herencia de quienes se negaron a dejar que las ideas murieran.

"El infinito en un junco" es una invitación a tocar esa herencia, a sentir la inmensa historia que se esconde detrás de la portada más simple. Es una obra que te hace sentir parte de una tradición viva, la de los que leen, escriben y, sobre todo, cuidan la sabiduría.

Te hará ver que el libro, en cualquiera de sus formas —de la madera de la que se hizo el papel a la materia de los ordenadores—, es la prueba de nuestra más grande y persistente aspiración: que las historias y las ideas duren para siempre.

El Apicultior de Maxence Fermine: un déjà vu

 



Acabo de terminar de leer "El Apicultor" de Maxence Fermine y mi mente no para de dar vueltas. Al principio, la prosa poética y la ambientación idílica me cautivaron, recordándome a la experiencia mágica que tuve con su libro "Nieve". Pero, a medida que avanzaba, una sensación de déjà vu comenzó a invadirme.

"Nieve" fue una revelación: una historia corta, profunda y minimalista que me impactó muchísimo. Con "El Apicultor" tuve la misma sensación que con los libros de Paolo Coelho: me impresionó "El Alquimista", pero luego sentí que se repetía en sus otras novelas. Aquí me pasó lo mismo.

El personaje principal, un apicultor que emprende un viaje en busca de algo más allá de su rutina, me pareció muy similar a Santiago, el pastor de "El Alquimista". Ambos viven una aventura iniciática donde el camino y las personas que encuentran son más importantes que el destino final. La búsqueda de la verdad interior, los encuentros con personajes místicos... todo muy parecido.

Siento que Fermine, al igual que Coelho, repite su fórmula: un protagonista que se lanza a una aventura espiritual para encontrarse a sí mismo. A pesar de la belleza de la prosa, la historia se siente menos original y más como una variación del mismo tema. Para mí, la magia se diluye cuando sabes qué esperar. ¿Han sentido lo mismo?

sábado, 13 de septiembre de 2025

Del Diván del Sultán al sofá de tu casa: Cómo la palabra "diván" nos cuenta la historia del Imperio Otomano


En un mundo saturado de libros de historia, largos y densos, la obra de Alessandro Barbero, el libro "El diván de Estambul", es una estrella que brilla en la noche (198 páginas). No es un libro que narra batallas y dinastías; es uno que se sumerge en el alma del Imperio otomano para salir a la superficie con una muestra de personalidades y eventos históricos que nos hacen ver con claridad lo que fue este Imperio.

Barbero nos sienta en el metafórico diván del sultán y nos invita a ser testigos de cómo se vivía, se pensaba y se gobernaba en el corazón de una de las civilizaciones más fascinantes de la historia. Rompe con los estereotipos y nos presenta una historia humana, llena de matices. 

Más allá de los grandes sultanes, nos habla de los hombres y mujeres que dieron vida al imperio, desde los temidos jenízaros hasta el ciudadano común en la bulliciosa Estambul, un verdadero crisol de culturas. Nos muestra que el imperio no era un monolito, sino un mosaico de pueblos y tradiciones entrelazados por una compleja, y a menudo brutal, estructura de poder.

La cuna del poder: de tribus nómadas a la gloria imperial

El Imperio otomano, nos cuenta Barbero, surgió de un grupo de tribus turcas nómadas del Asia Central que, empujadas por las invasiones mongolas, se establecieron en Anatolia en el siglo XIII. Su éxito inicial se basó en una mezcla de habilidad militar y una estrategia de expansión territorial muy astuta. A diferencia de otros reinos, los otomanos se mostraron notablemente pragmáticos y adaptables. No impusieron su religión ni su cultura de forma violenta a los pueblos conquistados, sino que les ofrecieron la posibilidad de unirse a un sistema que les garantizaba orden y prosperidad.

El Diván: el cerebro del Imperio

A medida que el imperio crecía, necesitaba una estructura de gobierno cada vez más compleja y sofisticada. Aquí es donde entra el Diván Imperial, el corazón del poder otomano. 


Este consejo, presidido por el gran visir, era el equivalente al gabinete de un gobierno moderno. Aunque el sultán tenía la última palabra, el diván (consejo de gobierno) era donde se tomaban las decisiones cruciales sobre la guerra, la economía, la justicia y la administración. Era un lugar de poder y de intriga, donde los visires, a veces de origen humilde, podían ascender hasta la cima. 

La genialidad del sistema, según Barbero, radicaba en su meritocracia: a diferencia de las monarquías europeas, el ascenso en el escalafón otomano no dependía del linaje, sino del talento y la lealtad. Este sistema (flexible y eficiente) fue clave para que el imperio se expandiera y se mantuviera durante siglos como una de las potencias dominantes del mundo.

El significado detrás del título: De consejo de Estado a un mueble

Incluso el título del libro es una lección de historia. Barbero nos explica que la palabra "diván" tiene un fascinante recorrido que refleja el intercambio cultural. Originalmente, el "Diván Imperial" era el nombre del supremo consejo de gobierno del sultán otomano, el lugar donde se tomaban las decisiones más importantes. Con el tiempo, el nombre pasó a asociarse con los largos asientos o sofás sobre los que se sentaban los dignatarios en estas reuniones. Cuando este estilo de mobiliario llegó a Occidente, se popularizó como "diván" o "sofá turco".

Este viaje etimológico es la metáfora perfecta del libro: toma un concepto de poder y autoridad, el diván de Estambul, y lo vuelve algo accesible e íntimo, transformando una vasta historia en un relato que nos invita a sentarnos y escuchar.

La brecha intelectual y económica con Occidente

Pero, el Imperio otomano se colapsó después de la Primera Guerra Mundial, un hecho que no sorprendió al mundo, pues, desde el siglo pasado e incluso antes, la diplomacia europea era conocido como "el hombre enfermo de Europa" (apodo cuya autoría se atribuye al Zar Nicolás I de Rusia).

Barbero muestra cómo el retraso cultural y tecnológico del imperio frente a Occidente ocasionó ese colapso. Nos explica cómo, mientras en Europa la imprenta revolucionaba la difusión del conocimiento, las élites otomanas mantenían una férrea resistencia a esta nueva tecnología. Este rechazo, motivado por el temor a perder el control sobre las ideas y la religión, condenó al imperio a un estancamiento en los siglos 16 y 17 y a un visible atraso en el siglo 18 que se volvió insalvable.

El estancamiento, dice Barbero, no fue solo tecnológico, sino que se extendió a la cultura de la razón, a la separación de la religión de la ciencia y la política, y a la modernización de los sistemas económicos. Mientras Europa desarrollaba una banca sofisticada, un sistema crediticio avanzado y una moneda estable, el Imperio otomano se aferraba a estructuras financieras tradicionales. Esta inmovilidad ante la modernidad, tanto en el pensamiento como en la economía, es, según Barbero, la clave para entender por qué una potencia que se extendía por tres continentes se convirtió en el "hombre enfermo de Europa".


En resumen, "El diván de Estambul" es una lectura imprescindible para cualquiera que desee explorar la historia del Imperio Otomano. 

Es una obra que instruye y entretiene por igual, demostrando que la historia no tiene por qué ser aburrida. Si buscas un libro que te transporte a un mundo de sultanes, intrigas y grandeza, mientras aprendes de la mano de un maestro, no busques más.