Poema de amor desde la trinchera
Compréndame, compañera.
Y no digo compañera de cultos o de ardides,
sino colega, ¿entiende?
Camarada, amiga, imagen.
Mi poesía no pretende convertir el raciocinio
en regla, norma, plan o escuela.
Mi poesía sólo busca darle armonía al sueño,
a la idea, al clamor y a la ternura.
Tengo una opinión, o mejor... un pensamiento:
me quedé con el deseo de azular con dicha la ilusión mía,
de saberla introducida en mi semblanza.
Tal vez porque nuestras creencias no son siquiera parecidas
y porque es lógico, normal, rentable, proyectar el porvenir.
O tal vez porque, al fin y al cabo,
no le llenan mis vocablos el garguero,
aun cuando, hace mucho tiempo, viva su mirada
en todos los entuertos de mi aliento.
También tengo otra ilusión, o mejor... un sentimiento:
debo suponer que lograré un día transformarle el gesto en risa,
carcajada, espiga y, por qué no, convertirla en aire,
paz, aroma, expresión y melodía.
Poema de amor desde el miedo
Búscame si la sensatez se instala en el centro de mi ímpetu
y decae la vehemencia de mis arrebatos.
Búscame cuando ya no pueda inventarte poesía,
porque es posible que el misterio que rodeaba tu presencia
se haya vuelto calma, conformidad, consentimiento, acuerdo...
Búscame, y si es preciso,
ámame.
Poema de amor desde la asamblea
No es una advertencia, pero antes de decidir que no me puedes querer,
deberías leer los versos de amor que he intentado escribir;
los versos de amor más bonitos que para ti nadie ha escrito jamás.
Los únicos versos de amor que están llenos del olor
de las mismas flores silvestres y del color de los mismos pétalos inermes
de los que estás llena tú.
Por eso digo: no es una advertencia,
sino una cuestión de orden.
Nada más.
Declaración de ausencia
Haces tanta falta aquí que no puedo elegir siquiera
el espacio que me recuerde a ti.
Fíjate que entonces tengo miedo
hasta de hablar de ti conmigo mismo.
La única esperanza que me queda es un “ojalá”
que te haga alzar vuelo sin emigrar,
ni buscarte un verano que no sea esta primavera que comienza.
Acto reflejo
El paisaje empezaba a adquirir un relieve abrupto.
Bello por accidentado.
Las cumbres se hacían cada vez más pronunciadas
y parecían cobijar las quebradas tapizadas
con flores tiernas, perfumadas y amarillas.
Ellos miraban el paisaje.
Penúltimo segundo
Cada vez que me apercibes y conminas
a quererte y quererte y quererte y dejarte,
y olvidarte y otra vez quererte,
me entran unas ganas de pedirle a Dios fervientemente
que al fin y al cabo —y dada cierta acreditada insolvencia—
liquide el mundo.
Y que todos los amores (¡qué digo!, los romances más generalmente),
las miradas entornadas, queden allí petrificadas,
para evitar así aquel penúltimo segundo
que parece a veces ser cada silencio tuyo.
Poema de amor frente a una paleta de pintura
Que las letras broten solas por sí, o también por no.
Que las palabras y las sílabas tracen líneas con colores transparentes
y se diluyan y, si es posible, de una vez por todas,
amor mío,
te diluyan.
Poema de amor desde el verano indostaní
Quédate conmigo este otoño.
Te prometo que abundarán noches largas, lánguidas y frías,
que seremos rastros, huellas, cicatrices.
Que poco o nada hallaremos de aquel primer momento.
Que mi antigua sensibilidad se te antojará debilidad.
Que nuestro llanto será más mi llanto que tu llanto.
Las primaveras perpetuas no existen
y el amor, aún en los inviernos más crudos,
siempre es más reconfortante que una hoguera en una noche fría
o una taza de café caliente.
Quédate conmigo y veremos juntos la llegada del monzón, la partida del estío.
Quién sabe en ese empeño encontremos un lugar
donde el amor sea tal vez más refrescante
que una ráfaga de brisa en una tarde dominguera
bajo el sol ardiente.
Declaración de amor y... también de vida
Para ti debería quedar bien claro que te amo.
No un “te amo” despacito, tímido, insomne,
tampoco un “te amo” que comente “yo te adoro, yo te rindo pleitesía”,
sino que presto, mira: yo te escucho en silencio
y te escucho en el silencio.
Para ti debería igual quedar bien claro
que también tienes mi vida.
No mi vida para hacerla muerte, luego historia y quién sabe poesía,
sino mi vida ordinaria, trivial y habitual de comer y respirar;
de estar contigo, junto a mí, al lado mío.
Nada más.
Poema de amor desde el exilio
Tengo frente a mí a Garabombo el Invisible, un fresco de Guayasamín,
un óleo de Humareda, un poema de Javier Heraud, una idea de Tagore.
Una mariposa libre del capullo alborotando las cuatro de una tarde en Barathpur.
Una musa impúdica provocando una línea audaz, una estepa, un lobo puritano, una navaja.
Una virgen en el exilio aunque firme, de carnes firmes y sin llanto,
sin rosas primorosas, gorriones que cantan,
ni mucho menos golondrinas septentrionales que emigran hacia el sur.
Pero nada de eso puedo beber, porque ya desde antes
que mis labios recorrieran presurosos procesiones enteras de alimento y de lujuria,
habían definido mi amor por ti.
Tengo el cabello y el olor a leña, a carbón, a chicha.
Bajo mi vientre, una mujer que no sabe de cocktails ni de jazmín;
bajo un cuerpo que no sabe de alhelíes ni Ferraris ni Renaults,
solamente de orgías bárbaras, de aguardiente de tercera,
de deseo, de urgencia y necedad.
Pero tampoco de eso puedo beber, porque también han definido
el calor y el color de nuestra piel, el sabor de nuestra boca
y mi amor por ti.
Aún no sabes que he llorado carmín sobre las plazas
y tiritado mi soledad en los cuartos húmedos de los hoteles.
Tú sólo conoces que llegué un domingo hace como un mes
y que en un minuto ya empezaba a irme otra vez.
Y que de oír tanto teorema, tanta hipótesis barata,
vine hasta aquí, solo, sin Pitágora, solo, a preguntar.
Yo pregunto, me paso la vida preguntando a la ausencia de mi amor por ti.
Pregunto a los árboles bajo cuya sombra me detengo,
a tus indios, tus mestizos, tus blancos, tus reses, tus tullidos.
Y sólo puedo ver banderas, muchas banderas que orondas flamean,
que ocultan del sol a tus ventanas, que se burlan de la anemia de tu gente
y la llenan de perfume, de rocío y de pólvora,
y adornan los salones, los cañones, los desfiles.
He venido a saber de ti.
No sólo a señalarte desde el prisma de mi fusil.
Poema de amor desde el desempleo
Me gustas. No muero por ti, pero no sabes cómo me gustas.
He decidido que mejor no te lo digo, porque seguramente dirás “No”,
“Que somos amigos, casi hermanos”; y yo, quién sabe, en mi desesperación,
te diré que “qué diablos” —y yo soy cristiano, católico, apostólico y peruano—.
Recibe este poema. Comprende que no pretendo emular
a Bécquer ni a García Lorca ni a Neruda ni a Vallejo.
Recibe este poema porque si te pones a pensar un poco te darás cuenta:
es lo único que me queda.
Ni siquiera puedo decir que conmigo te ganarías la lotería.
Tú eres la blanca con puntillo y ligadura; yo, la fusa con silencio de semicorchea.
Tú siempre preguntas, yo nunca respondo.
Tú tienes ilusiones, y a mí la frustración me visita todos los días.
Tú eres capaz de mandarme ahora mismo al cuerno por escribir estas tonterías,
y yo no estoy seguro si te las enseñaré algún día.
Ni siquiera puedo decir que sería capaz de empeñar toda mi vida.
Mi vida no es rentable, nunca ha dado utilidades,
nunca nadie ha querido recibirla en prenda o hipoteca.
Casi siempre la he ofrecido en donación, como ahora.
Mi vida está hecha en disonantes, quintas y escalas menores.
Poesia d'amore dalla trinchera (Ausencia)
Well I'll be damned. Here comes your ghost again.
But that's not unusual. It's just that the moon is full
and you happened to call.
(Joan Baez)
¿Hasta cuándo, pájaro impasible, vas a seguir alumbrando recuerdos
y esparciendo tus señuelos en las flores y en mi cuerpo?
¿Hasta cuándo, pájaro inconstante, será tu graznido el único sonido
que perciban mis oídos, pájaro de hielo?
¿Hasta cuándo, pájaro inexacto, seguirás por las noches oculto en mis cajones,
incluido en mis corbatas, mis libros, mis paredes, mis tardes, mis mañanas,
mis amigos, mis zapatos?
¿Hasta cuándo serás tú, pájaro inconcluso,
el único abrigo que pretendan mis inviernos?
¿Hasta cuándo?
Poema de amor desde la cama con hermosa vista al bar
Anoche soñé, por ejemplo, que era feliz.
Era sólo un sueño y hoy regreso nuevamente a reclamar el pedazo de vida
que mis gobernantes, padres de la patria, magistrados y jerarcas
un mal día me quitaron.
Soñé que era feliz. Pensé que por fin podía empezar otra vez y escribir
toda esta indecencia que tú acertadamente llamas “indecencia”,
“porque antes escribías más bonito, al amor le escribías,
que tus besos, que tu risa, que tus manos, que tus ojos, que tu todo”.
No quiero que mis pisadas sigan reclamando tu ausencia
y las tuyas protesten sólo porque se me ocurrió caminar esta tarde junto a ti.
No quiero que regreses a mi angustia y que luego te transformes
en canto y en silencio, en sonrisa y en mirada, en recuerdo y en espera.
Espero que nunca más vuelvas a marcharte ni tengas que regresar a mi lado de su lado, ni nada.
Ya me cansé de escuchar. Ya me cansé de nuevo, siempre me canso de esperar.
Siempre espero que nos dejen construir un país.
Quiero un país. Pero no un país, sino un PAÍS, así, entre comillas,
con mayúsculas, subrayado y entre paréntesis para que no se te escape la idea
de que merecemos un país.
O sea (y qué importa que "o sea" se lea feo): o sea, también, al igual que tú,
quiero un país bello, o sea solidario, o sea humano, o sea menos acartonado,
más de abajo, de la plebe, chévere, bacán. O sea con cerros, pajita, pulenta.
O sea con risas, con alegría, con libertad, con esperanza.
Ya me cansé de decir que siempre me canso y que quiero un país y que pienso y que sueño,
porque cuando despierto descuburo que sólo fue eso, un sueño.
Y que este país sigue siendo tan bonito y al mismo tiempo tan feo,
y la gente tan buena y a la vez tan basura.
Y para comenzar cada día así, con desconsuelo, mejor, quién sabe,
ni siento, ni me acuesto, ni duermo, ni sueño, ni otra vez ni nada.
Y pensar que anoche tuve un sueño. Y soñé que era feliz.
Puta madre, era sólo un sueño.
Terapia poética cromática
Voy a terminar este ensayo de los estados de ánimo y esta racionalidad descolorida
con claveles rojos, tulipanes e injertos de manzano.
Por ejemplo: que tu pelo negro limpie los restos de sangre y de cenizas
que hace tanto hay en mi voz.
O mejor: el olor de tus manos cuando me acaricias me recuerda las hojas de eucalipto
que quemaba cuando niño, cuando ya sabías venir a mí, oscura, llorosa y con quejas.
O, ya sé: que tu canto sea como el suyo, que tiene un semblante tan claro
que parece que la luna se le ha quedado a vivir en las mejillas;
tan claro como el de ella, que me deja un sapore a hierba buena
en la comisura de los labios empapados y me limpia el paisaje.
Y lo llena de sauces y de orillas rubias, verdes, pardas, mansas orillas,
y me rompe los esquemas de la neurosis, la angustia, la negra soledad y la esquizofrenia
con pedazos de claveles rojos, tulipanes e injertos de manzano.
Poema de amor desde el hastío
Entonces, ¿por qué mi poesía ha de ser siempre dura?
¿Por qué no como el agua que resbala por la roca, sobre el musgo
que en la roca se resbala con el agua?
O como el aroma de un hombre libre que después de la victoria, desnudo,
se resbala y se embarra con una mujer que desnuda (o mejor dicho: calata) es libre también.
Y por ello no es más virgen, pero hermosa, y no jode a nadie,
ni nadie la jode con aquello de que “te quedaste sola”
y que “qué dirá la gente si se entera de que estás embarazada”.
Claro, como no es mi hija, ni mi madre, ni mi hermana.
Pero aún así, ¿por qué mi poesía no ha de ser libre?
Si ella también alude y pretende, vocifera y se embarra y chapotea
como el agua que resbala... porque agua que no hemos de beber, dejémosla correr.
Poema de amor desde el Estado
I don't believe in an interventionist God. But I know darling, that you do.
But if I did I would kneel down and ask Him Not to intervene when it came to you.
Not to touch a hair on your head. To leave you as you are.
And if He felt He had to direct you, Then direct you into my arms.
(Nick Cave)
Sin tú saberlo, una vez por semana vienes a mí.
Así, de repente, como la lluvia estival, y dejas el cielo límpido
y un olor a tierra mojada y tu carita bañada de costa y de sol.
Y así también, de repente, te vas.
Y entonces no puedo escribir tu retrato ni invitarte fruta.
Será porque aquí, guarecido en mi escritorio, con planes, informes, oficios y lejos de ti,
el cielo no es cielo sino cielo raso.
Y el cielo raso no es límpido ni súcido, sino sencillamente un trozo de cemento:
blánquido y sin vídida.
Y tal vez, por eso, una vez por semana te vas.
Perorata para Canario
Nuestra amistad, canario, ha hecho una tregua entre mi carácter y tu personalidad.
Tú, seis años más joven, pareces convertirte en una restitución
de todo aquello que no supe aprehender a esa edad.
Y yo, estoy seguro, soy algo así como una extensión de tu entusiasmo.
No somos jornada difícil. Las hemos tenido peores,
y ésta será como derramarnos una vez más en lugares
en los que antes ya nos hemos derramado con todo éxito:
Yo y lo objetivo. Lo subjetivo. El poder. La jerarquía. El marxismo y el liberalismo.
Tú y esa extraña mística urbana, mezcla de alma de novicio,
pequeño burgués bien intencionado y ufólogo.
Somos un vínculo simple. No precisamente razonable. Solamente simple.
Perorata para Patricia
Eres el cuasiequilibrio. Llena de gracia, picardía y desbordante comprensión.
Psicóloga después de todo. Todo: una experiencia más.
El aquí y ahora, el allá y mañana y, si no es posible, será otro día, en otra oportunidad.
Es decir, nada especial como para arriesgarse y sacrificar
tres o cuatro reglas de trato social que a nadie obligan,
pero que todos cumplen porque, aunque poco auténtico y profundo,
es mejor, más placentero, reconfortante y alejado del displacer.
Y qué mierda me importan Freud, y los esposos Mitcherlitz,
y el marxismo y la psicoanálisis.
Poema de amor desde la distancia
No te lo voy a ocultar. Yo disfruto tus labios, tu castellano modesto y tu dicción.
Tus ojos: su color verde hoja pálido otoñal.
Tus manos. Tus dedos en forma de panecillos: fríos, largos, dorados.
Y tu boca cuando dices “estás loco”, premiando mis esfuerzos
por ser cada día menos Hombre y más animal.
Yo disfruto de ti porque sé que luchas cada segundo con la vida,
y también porque sé que nada te importa que más tarde los pétalos de nácar
se te desprendan de la juventud y el cutis de concheperla y porcelana
se te haga artesanal: de barro, arcilla y paja.
Y porque sé que piensas que me entiendes y te entiendo.
Solamente por eso es que disfruto de ti, europea.
Poema de amor desde el desamor
Hablar de amor no es "chic" en estos tiempos.
(Antonio Mayucayán)
Me lo has dicho tantas veces, por lo menos en la mina, en el desierto.
Me has contado: no había amor, tampoco tiempo. Pero aun así hablemos.
Ya sé que en estos tiempos no es chic, pero es la única forma que conozco
de arrancarme de esta montaña de papeles arrumados, de este resplandor de simulacros.
Y prepararme para el amor aunque sea una vez al mes, aunque sea por jugar,
y no olvidar cómo sabe la ternura.
Está bien, no hablemos del crepúsculo, pero me enseñarás a decirlo como tú.
Yo también quiero impresionar y llegar al fin del día sin concluir el tema.
Así podremos, como tú querías, registrar tu próxima cita para el 30 de diciembre de 1999.
¿Y nada habrá cambiado, verdad? Seguirá siendo ella. Seguirás siendo tú,
el mismo hombre de tristezas inéditas y alegrías repentinas.
Bien lo sé, hablar de amor no es chic en estos tiempos. Pero hablemos.
Hablemos tus ocasos de colores, cómo llega nuevamente el sol nuestro cada día
y la mano furiosa que nos arranca su arco iris de princesa etíope.
Sus ponientes casi siempre sin gaviotas ni café. Su silueta, las horas que esperabas
transcurrir en la vejez sentado en su frontera.
¡Qué tarde! Qué chiste añejo me parece hoy el rostro de Krishna, la victoria de Ram y Laxman,
los cuerpos sin lumbre, sin incienso. ¿Qué esperan?
Esperan desde hace casi seis mil años. No sólo es de pan su hambre, también lo sé.
El crepúsculo está aquí, en Calcuta y en Benares, y por eso vuelven siempre a concluir el tema,
a vestirse de arsenales y colores cada noche, a las nueve y diez.
Y el amor no ha cambiado, ni ellos ni tu poesía. Sigues siendo tú.
Sigue siendo ella: la misma dama fértil, pubis de silencios infranqueables y belleza medieval.
El crepúsculo es eso: solamente un espacio entre ella y tú, un espacio dulce, claro y despejado,
un ardid para escapar de tanta guerra sin cuartel.
El mejor momento para hablar de amor y para hacerlo.
Aun cuando no sea chic, siempre será mejor que hacer inventarios de naufragios
o vociferar contra la luna.
Urpillay
Junto a un árbol descubrí una mujer. Sembraba amaneceres. Y paría una paloma.
Una colla, la mujer. Era pequeña, paloma noble y blanca
como un trozo de pan, como un grano de arroz, como un copo de nieve.
Y ahora que me voy: ¿Acaso vendrán a mi puna, a mi montaña, a mi cerro, a mi nostalgia?
Acaso regrese algún día a remendar mi alegría, que ha quedado hecha tiras
junto a un árbol, Urpillay.
Acaso regrese algún día. Ahora que me voy.
Acaso regrese algún día, Urpillay.
Poema de amor tendido sobre la hierba fresca
Tú me recuerdas el prado de los soñadores. (Silvio Rodríguez)
Tú me recuerdas la lozanía de los pétalos, de las flores, de las primaveras más recientes,
y el rocío que dibujan en las yemas y en la superficie de los tallos los suelos fértiles y las semillas.
Me recuerdas las aves canoras, los lagos fríos del sur de Chile, las laderas orientales de mi patria,
las llanuras ondulantes del Brasil, los pinos blancos y las flores azules del espliego.
Tú me recuerdas que yo también he vivido en Arcadia, que a veces manda la fortuna
renovar dolores indecibles; que pretendemos siempre la mueca exacta, el pulso firme,
y dejamos escapar, pequeña, la razón profunda de los gestos espontáneos
y la íntima conciencia de los sueños inconclusos.
Que aún podemos volar a donde el viento escribe a la fantasía, al sueño,
al habernos visto en lugares en los que nunca estuvimos libres de esta anémica sabiduría.
En fin, me recuerdas que lo irreal, el color de la hierba fresca e incluso el amor, en verdad, existen.
Poema de amor desde el cuerpo
Mi cuerpo es un templo.
Mis ojos, mis manos, mis pies, mis cabellos, mis nalgas, mis piernas,
mi sed, mis caderas, mis órganos internos, mi deseo de placer, mis ganas de comer.
Cada milímetro cuadrado de mi piel, cada esquina de mi carne, cada arista, cada hez.
Es un templo, no una basílica, sólo un templo sencillo.
Como todos los templos, con columnas y pilares trajinados que requieren, a veces,
una mano de pintura, un poquito de barniz en las ventanas, en las puertas y en los bancos;
una manta de seda para el tiempo y para la borrasca.
Una ventana, una lámina de vidrio resistente, fuerte y transparente
para que me proteja del viento, la tempestad y el frío.
Para que deje caer sobre mis párpados la luna, para que pueda mirar la noche estrellada,
descifrar las Osas y hacer realidad el milagro de la vida.
Poema de amor desde el lado de la sed
No quiero saber si me fuiste fiel, yo sé que una mujer valiente
se inclina igual por el lado de la sed.
(Juan Carlos Baglietto)
No sé si amor es aún mucha palabra y sexo todavía insuficiente.
Pero, sólo en caso de que usted, señora, todavía simplemente lo sospeche,
le diré sin duda alguna que sí: deseo poseerla, es cierto.
Deseo, con usted, sobre usted, aunque, más que nada, a través de usted,
deslizarme como solitaria gota desde su entrecejo hasta su tentadora boca
para que me sorba entero.
Como huidiza gota en algún lugar plantarme de su voz y su cabello.
Como inasible gota en medio de una oración rozar sus orejas armónicas y sensatas.
Perdone la intemperancia y el descaro pero, espécimen humano, género masculino,
algunas veces hiperhormonal, productor de testosterona soy... después de todo.
Poema de amor desde el centro del silencio
Déjeme ser esa fiera que ama las hojas secas sobre la soledad y los helechos,
la luz tenue, el vino caliente con canela, el queso con café, el pan crocante.
Los manteles domingueros, las servilletas a cuadritos, la música y el silencio.
Déjeme ser el grano de arena en la playa, la rama quebradiza del árbol grande,
el aire que no la circunda, la gota que derrama el vaso, el gato techero,
el perro sin hogar, la gaviota ametrallada.
Déjeme todo eso ser de vez en cuando, no importa el orden, junto o separado.
Sólo eso, y le daré a cambio:
dientes para su risa,
pañuelo para sus lágrimas,
fiesta para sus alegrías,
fuerza para el fracaso,
abrigo para el frío.
Ganas y permanente disposición para preguntar qué le place, indagar qué le apetece,
compartir cada idea, consultarle cada idea, negociar cada cambio, escribirle versos,
cambiar pañales sucios, cantarle serenatas, acicalar sus alas, planchar mis propias camisas,
respetar sus días difíciles, lavar la ropa de los niños, cocinarle los domingos,
apoyarme en su hombro, mantener los ojos serenos, hablarle bajito,
amarla más y necesitarla menos.
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