| Foto: Epicentro TV. 21 setiembre 2026. |
Hay etapas de la vida a las que uno nunca desearía volver, pero cuyos ecos nos alcanzan cada vez que la prensa destapa una nueva tragedia en los pasillos de una escuela.
Al leer sobre la reciente denuncia de agresión grupal en el Liceo Naval, el impacto no surge solo de la indignación frente al hecho puntual, sino de un amargo e inconfundible sentimiento de déjà vu. Para quienes sobrevivimos a la etapa escolar anhelando únicamente el día de la graduación, estas noticias no son casos aislados ni anomalías repentinas: son la herida abierta de una arquitectura de poder que conocemos muy bien.
¿Qué es lo que no estamos viendo?
Frente a noticias trágicas y sobrecogedoras como esta —que se repiten en el Liceo Naval y en tantas otras escuelas—, el debate público suele encasillarse en dos trincheras predecibles: el análisis jurídico sobre penas e imputabilidades, o la psicologización individual de los agresores. Sin embargo, poco se escribe sobre las estructuras de poder invisibles pero omnipresentes que moldean la vida cotidiana dentro del aula. Cada escuela y cada salón de clases es, en esencia, un espacio social cerrado que refleja los defectos y virtudes de las familias de donde provienen los alumnos; un microcosmos complejo que exige ser gobernado con justicia y no con sometimiento. Para entender cómo se incuban las dinámicas de abuso, es indispensable analizar la arquitectura social de nuestras escuelas y cómo la hemos padecido a lo largo de las décadas.
La herencia de la verticalidad y el aislamiento monosexual
Vivimos en una sociedad históricamente adiestrada en la verticalidad y el culto a la subordinación, rasgos que trascienden los muros e impregnan las aulas de colegios públicos y privados por igual.
Esta lógica la viví y sufrí en carne propia durante los años setenta, cuando hice la secundaria en un colegio privado de provincia regido por sacerdotes. En aquel entonces primaba la idea de que los colegios exclusivos para varones eran el espacio ideal para "forjar el carácter". Fue una mala estrategia pedagógica. Crear entornos artificialmente segregados solo sirvió para exacerbarnos en una competencia brutal por la dominación física y el estatus social.
La vida real está hecha de hombres y mujeres, pero a nosotros se nos aisló de la convivencia cotidiana con ellas; al egresar, muchos no sabíamos ni cómo entablar una conversación básica con una mujer. En ese ecosistema rígido, donde materias de sensibilidad como Música serían eliminadas para imponer la educación premilitar, el ideal de orden se redujo a la obediencia ciega y a la represión de la vulnerabilidad.
El brigadier y la impunidad: la delegación del monopolio de la fuerza
Desde mis tiempos —y hasta el día de hoy—, en una parte importante de los colegios del Perú se nombra a estudiantes como brigadier, brigadier general, sub-brigadier o brigadier de aula, casi siempre junto a la policía escolar. Aunque no tiene potestad sancionadora formal, el lenguaje —cordones, jerarquía, juramento, “estado mayor” estudiantil— reproduce una lógica de mando y subordinación que riñe abiertamente con cualquier discurso de convivencia democrática.
Es en este diseño donde germina la perversión más clara de la convivencia escolar: la externalización de la coerción. Cuando una institución educativa renuncia a gobernar con justicia y prioriza el control inmediato por encima de la ética, echa mano del mecanismo más eficiente a su alcance: la intimidación.
El ejemplo que mejor sintetiza esta aberración es la figura del brigadier de aula. Entre mis compañeros había estudiantes brillantes, con capacidad de liderazgo o empatía; sin embargo, las autoridades jamás consideraron a ninguno de ellos para el puesto. Prefirieron nombrar brigadier al matón del salón. La estrategia del colegio era tan pragmática como nefasta: cooptar al violento para delegarle el monopolio informal de la fuerza.
Al revestir al agresor con una insignia oficial —y al ignorar sistemáticamente las golpizas que dejaba a otros alumnos con hematomas gigantes o sangrando por la nariz—, el colegio le otorgó una patente de corso. Se creó así una microestructura feudal dentro del aula: los amigos del matón tenían licencia abierta para hacer bullying con total impunidad a cambio de lealtad, mientras los demás debíamos portarnos bien bajo la doble amenaza del castigo institucional y de la violencia física sin sanción. El matón tenía ahora la ley de su parte. El mensaje pedagógico era contundente: la razón y el mérito no valían nada frente al poder de la fuerza bruta respaldada por el sistema.
El oasis universitario y la urgencia de cambiar el modelo
Para quienes fuimos víctimas de ese sistema de acoso institucionalizado, la etapa escolar no fue un espacio de formación, sino una prueba de supervivencia. Recuerdo pedir a mis padres que me cambiaran de colegio y, al no ser posible, aprender a convivir y sobrevivir con el maltrato y la violencia diaria, contando uno a uno los días que me faltaban para salir y no volver jamás (no he vuelto jamás). Por eso, el ingreso a la universidad representó un verdadero oasis de paz: un entorno donde, por primera vez, la libertad de pensamiento, el debate de ideas y la convivencia natural entre hombres y mujeres reemplazaban a la lógica del sometimiento.
Desconozco los detalles finos del modelo escolar actual, pero puedo ver sus resultados. Sospecho que lo ocurrido recientemente es la consecuencia predecible de un sistema educativo que no ha sabido administrar la diversidad ni las carencias del entorno familiar, y que históricamente ha validado, delegado y tolerado la intimidación como método de gobierno escolar.
Mientras las escuelas no asuman el desafío pedagógico de gobernar las aulas con justicia, respeto mutuo y equidad, continuaremos formando espacios donde el abuso no es una falla del sistema, sino su resultado natural.