viernes, 20 de febrero de 2026

Reseña: La joven del té, de Lisa See


Hay novelas que son secretos impresos en papel. Como si la autora hubiera llegado a tu casa, se hubiera sentado en tu sala y te hubiera dicho: "Siéntate, que te voy a contar". Y empieza:

“Sin una coincidencia fortuita, no hay una historia que valga”.

Eso sentí al abrir la primera página de La joven del té, de Lisa See. Nuestro encuentro fue precisamente eso: una coincidencia fortuita. Una cita romántica por azar. Una incursión rápida en la librería (El Crisol del Óvalo Gutiérrez) que se transformó en una tertulia aquí dentro.

Tengo el mal hábito de escribir reseñas sobre los libros de los cuales me enamoro. Y de este me enamoré, como siempre, a primera vista; no necesité llegar a la página 50 para saber que esta historia me la estaban contando a mí, y solo a mí.

La trama nos sumerge en la vida de Li-Yan, una joven de la minoría étnica Akha en las montañas de Yunnan. Allí, los Akha viven, respiran y se aman alrededor del té, específicamente del Pu'er. Lisa See toma este elemento y, como quien prepara una infusión para una noche fría, lo convierte en la columna vertebral de la historia.

Li-Yan es el eje de todo. Comienza como una niña inocente y se transforma en una mujer sofisticada y conocedora de la industria del té. Su evolución es el verdadero "viaje de la heorina": pasa de la obediencia ciega a la tradición a la búsqueda desesperada de su propia identidad y de la hija que “perdió”. En un acto de amor y rebeldía, nombra a esa pequeña Yan-yeh. Aunque en su nueva vida en Occidente la niña crezca con otro nombre —Haley— y otra lengua, el té actúa como el hilo invisible que las mantiene unidas.

En este camino la acompañan figuras inolvidables. Su madre, A-Ma, sanadora de la aldea y autoridad espiritual, representa el peso de la tradición y un amor maternal protector que, aunque a veces doloroso, le da a Li-Yan la fuerza necesaria para sobrevivir. Por otro lado, está San-Pa, su primer amor, cuya relación desencadena la ruptura con las leyes de su tribu y trae consecuencias trágicas que marcan el fin de la China tradicional para la protagonista. Años más tarde aparece Jin, quien encarna la China moderna y próspera, llevándonos de la pobreza extrema de la montaña a la comodidad de la ciudad.

El ritmo es pausado pero ágil. Te atrapa no como un río turbulento, sino como el agua calma de un estanque bajo la sombra de una ponciana en pleno verano. Lisa See combina la narración con cartas y archivos que actúan como puentes emocionales, recordándonos que, aunque el mundo se modernice, los hilos que unen a las madres con sus hijas son inalterables.

Confieso que el libro tocó las fibras más sensibles de mi alma y lo terminé, inevitablemente, entre lágrimas.

Sobre el libro

La joven del té (The Tea Girl of Hummingbird Lane) de Lisa See. Ediciones B / Penguin Random House. Novela Histórica / Ficción Contemporánea. Lugar de la trama: Yunnan, China y California, Estados Unidos.

Sobre la autora: Lisa See


Lisa See (París, 1955) es una escritora y novelista estadounidense. Sus ancestros poblaron en el Barrio Chino de Los Ángeles; su bisabuelo fue una figura central en esa comunidad. Esta dualidad le ha permitido actuar como un puente entre dos mundos. Se especializa en antropología emocional: investiga tradiciones perdidas, minorías étnicas y la vida de las mujeres en las zonas más remotas de China para luego transformarlas en narrativa.

Sitio web oficial: https://lisasee.com/


miércoles, 11 de febrero de 2026

"La fe y las montañas" de Augusto Monterroso


Esta fábula de Monterroso resume la historia de la religión en cuatro párrafos cortos. Un genio.

Por Augusto Monterroso

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. 

Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.

La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. 

Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.

martes, 10 de febrero de 2026

"Cómo me deshice de quinientos libros" de Augusto Monterroso


El cuento corto (algunos lo llaman ensayo) "Cómo me deshice de quinientos libros" de Augusto Monterroso, el maestro de la brevedad, es una genialidad. Me hizo verme en un espejo y reír: tengo 5 cajas grandes llenas de libros en casa de mi madre y cuando vuelva a Lima en unos meses, llevaré dos más.

Disfruten el relato. 

"Poeta: no regales tu libro, destrúyelo tú mismo" Eduardo Torres"

Por Augusto Monterroso

"Hace varios años leí un ensayo de no recuerdo qué autor inglés en el que éste contaba las dificultades que se le presentaron para deshacerse de un paquete de libros que por ningún motivo quería conservar en su biblioteca. Ahora bien, en el curso de mi existencia he podido observar que entre los intelectuales es corriente oír la queja de que los libros terminan por sacarlos de sus casas. Algunos hasta justifican el tamaño de sus mansiones señoriales con la excusa de que los libros ya no los dejaban dar un paso en sus antiguos departamentos.

Yo no he estado, y probablemente no lo estaré jamás, en este último extremo; pero nunca hubiera podido imaginar que algún día me encontraría en el del ensayista inglés, y que tendría que luchar por desprenderme de quinientos volúmenes.

Trataré de contar mi experiencia. De pasada diré que es probable que esta historia irrite a muchos. No importa. La verdad es que en determinado momento de su vida, o uno conoce demasiada gente (escritores), o a uno lo conoce demasiada gente (escritores), o uno se da cuenta de que le ha tocado vivir en una época en que se editan demasiados libros. Llega el momento en que tus amigos escritores te regalan tantos libros (aparte de los que generosamente te pasan para leer aún inéditos) que necesitarías dedicar todos los días del año para enterarte de sus interpretaciones del mundo y de la vida. Como si esto fuera poco, el hecho es que desde hace veinte años mi afición por la lectura se vino contaminando con el hábito de comprar libros, hábito que en muchos casos termina por confundirse tristemente con la primera.

Por ese tiempo, di en la torpeza de visitar las librerías de viejo. En la primera página de Moby Dick Ismael observa que cuando Caton se hastió de vivir se suicidó arrojándose sobre su espada, y que cuando a él le sucedía hastiarse, sencillamente tomaba un barco. Yo, en cambio, durante años tomé el camino de las librerías de viejo. Cuando uno empieza a sentir la atracción de esos establecimientos llenos de polvo y penuria espiritual, el placer que proporcionan los libros ha empezado a degenerar en la manía de comprarlos, y ésta a su vez en la vanidad de adquirir algunos raros para asombrar a los amigos o a los simples conocidos.

¿Cómo tiene lugar este proceso? Un día uno está tranquilo leyendo en su casa cuando llega un amigo y le dice: "¡Cuántos libros tienes!". Eso le suena a uno como si el amigo le dijera: "¡Qué inteligente eres!", y el mal está hecho. Lo demás, ya se sabe. Se pone uno a contar los libros por cientos, luego por miles, y a sentirse cada vez más inteligente. Como a medida que pasan los años (a menos que se sea un verdadero infeliz idealista) uno cuenta con más posibilidades económicas, uno ha recorrido más librerías y, naturalmente, uno se ha convertido en escritor, uno posee tal cantidad de libros que ya no sólo eres inteligente: en el fondo eres un genio. Así es la vanidad esta de poseer muchos libros.

En tal situación, el otro día me armé de valor y decidí quedarme únicamente con aquellos libros que de veras me interesan, hubiera leído o fuera realmente a leer. Mientras consume su cuota de vida, ¿cuántas verdades elude el ser humano? Entre éstas, ¿no es la de su cobardía una de las más constantes? ¿A cuántos sofismas acudes diariamente para ocultarte que eres un cobarde? Yo soy un cobarde. De los varios miles de libros que poseo por inercia, apenas me atreví a eliminar unos quinientos, y eso con dolor, no por lo que representaran espiritualmente para mí, sino por el coeficiente de menor prestigio que los diez metros menos de estanterías llenas irían a significar.

Día y noche mis ojos recorrieron una y otra vez (como decían los clásicos) las vastas hileras, discriminando hasta el cansancio (como decimos los modernos). ¡Qué increíble cantidad de poesía, qué cantidad de novelas, cuántas soluciones sociológicas para los males del mundo! Se supone que la poesía se escribe para enriquecer el espíritu; que las novelas han sido concebidas, cuando menos, para la distracción; y aun, con optimismo, que las soluciones sociológicas se encaminan a solucionar algo.

Viéndolo con calma, me di cuenta de que en su mayor parte la primera, o sea la poesía, era capaz de empobrecer el espíritu más rico, las segundas de aburrir al más alegre y las terceras de embrollar al más lúcido. Y no obstante, qué consideraciones hice para descartar cualquier volumen, por insignificante que pareciera. Si un cura y un barbero me hubieran ayudado sin yo saberlo, ¿habrían dejado en mis estantes más de cien? Cuando en 1955 visité a Pablo Neruda en su casa de Santiago me sorprendió ver que escasamente poseía treinta o cuarenta libros, entre novelas policiales y traducciones de sus propias obras a diversos idiomas. Acababa de donar a la universidad una cantidad enorme de verdaderos tesoros bibliográficos. El poeta se dio ese gusto en vida; único estado, viéndolo bien, en que uno se lo puede dar.

No haré aquí el censo de los libros de que estaba dispuesto a desprenderme; pero entre ellos había de todo, más o menos así: política (en el mal sentido de la palabra, toda vez que no tiene otro), unos 50; sociología y economía, alrededor de 49; geografía general e historia general, 3; geografía e historia patrias, 48; literatura mundial, 14; literatura hispanoamericana, 86; estudios norteamericanos sobre literatura latinoamericana, 37; astronomía, 1; teorías del ritmo (para que la señora no se embarace), 6; métodos para descubrir manantiales, 1; biografías de cantantes de ópera, 1; géneros indefinidos (tipo Yo escogí la libertad), 14; erotismo, ½ (conservé las ilustraciones del único que tenía); métodos para adelgazar, 1; métodos para dejar de beber, 19; psicología y psicoanálisis, 27; gramáticas, 5; métodos para hablar inglés en diez días, 1; métodos para hablar francés en diez días, 1; métodos para hablar italiano en diez días, 1; estudios sobre cine, 8; etcétera.

Pero esto constituía nada más el principio. Pronto descubrí que eran pocas las personas que querían aceptar la mayor parte de los libros que yo había comprado cuidadosamente a través de los años perdiendo tiempo y dinero. Si bien esto me reconcilió algo con el género humano al descubrir que el mero afán de acumular no era una aberración tan generalizada, me causó las molestias consiguientes, por cuanto una vez decidido a ello, deshacerme de esos libros se convirtió en una necesidad espiritual apremiante. Un incendio como el de la Biblioteca de Alejandría, al que están dedicados estos recuerdos, es el camino más llano, pero resulta ridículo y hasta mal visto quemar quinientos libros en el patio de la casa (suponiendo que la casa tuviera). Y se acepta que la Inquisición quemara gente, pero la mayoría se indigna de que quemara libros. Ciertas personas aficionadas a estas cosas me sugirieron donar todos esos volúmenes a tales o cuales bibliotecas públicas; pero una solución tan fácil le restaba espíritu aventurero al asunto y la idea me aburría un poco, además de que estaba convencido de que en las bibliotecas públicas serían tan inútiles como en mi casa o en cualquier otro sitio.

Tirarlos uno por uno a la basura no era digno de mí, de los libros, ni del basurero. La única solución eran mis amigos. Pero mis amigos políticos o sociólogos poseían ya los libros correspondientes a sus especialidades, o eran enemigos de ellos en gran cantidad de casos; los poetas no querían contaminarse con nada de contemporáneos suyos a quienes conocieran personalmente; y el libro sobre erotismo era una carga para cualquiera, aun despojado de sus ilustraciones francesas.

Sin embargo, no quiero hacer de estos recuerdos una historia de falsas aventuras supuestamente divertidas. Lo cierto es que de alguna manera he ido encontrando espíritus afines al mío que han aceptado llevarse a sus casas esos fetiches, a ocupar un lugar que restará espacio y oxígeno a los niños, pero que darán a los padres la sensación de ser los depositarios de un saber que en todo caso no es sino el repetido testimonio de la ignorancia o la ingenuidad humanas.

Mi optimismo me llevó a suponer que, al terminar estas líneas, comenzadas hace quince días, en alguna forma justificaría cabalmente su título; si el número de quinientos que aparece en él es sustituido por el de veinte (que empieza a acortarse debido a una que otra devolución por correo), ese título estará más apegado a la realidad."