¡Así era antaño! Todo lo que crecía requería mucho tiempo para crecer y todo lo que desaparecía requería mucho tiempo para ser olvidado. Por otro lado, todo lo que había existido alguna vez había dejado su huella, y, además, antes se vivía de los recuerdos igual que ahora se vive de la capacidad de olvidar deprisa y por completo. (Roth, Joseph. La marcha Radetzky (Alianza Literaturas) (p. 142). Alianza Editorial. Edición de Kindle.)
Como parte de mi itinerario de lecturas de 2026, he concluido La marcha Radetzky, una obra que trasciende la crónica histórica para convertirse en el testamento personal de Joseph Roth. Tras investigar su biografía, resulta evidente que la novela no solo narra el fin de una era, sino que fragmenta la psique del autor en una galería de personajes que reflejan su zozobra, sus deseos de libertad y su trágica autodestrucción.
La estirpe de los Trotta: El peso de la gloria y el vacío
La novela traza la decadencia del Imperio
austrohúngaro a través de tres generaciones de la familia Trotta. Su destino
queda sellado por un acto heroico fortuito: el abuelo salva al emperador Francisco
José en la batalla de Solferino. Este evento les otorga el título de
"Barón von Trotta", una identidad que termina siendo una carga
asfixiante.
El Imperio como tragedia de identidad
Para Roth, el Imperio —simbolizado por un Francisco José que actúa como "padre ausente"— no era solo una entidad geopolítica, sino un ancla de identidad. Como judío que se sentía "austríaco" por encima de todo, la fragmentación del imperio en nacionalismos hostiles lo dejó en la orfandad absoluta.
Los personajes como espejos de su deriva existencial
Roth no se limitó a los protagonistas para proyectarse; utilizó a los personajes secundarios para dar voz a sus pulsiones más profundas:
- El Barón Franz von Trotta: Encarna el orden rígido y la burocracia imperial que Roth añoraba pero sabía condenada. Representa una identidad clara que no puede sobrevivir fuera de su ecosistema político.
- Carl Joseph Trotta: El nieto personifica la alienación. Heredero de los privilegios pero no de la riqueza ni de la convicción, se siente un extraño en su tiempo. Atrapado en una estructura militar vacía, busca refugio en el alcohol, las deudas y el adulterio, espejando los años de exilio de Roth en París.
- El Dr. Demant y el cabo Onufrij: Representan la búsqueda de la libertad y lo esencial. A través de ellos, Roth explora la posibilidad de una vida fuera de las convenciones aristocráticas, aunque marcada por la fatalidad.
- El pintor Mose: Es la personificación de la bohemia y la bebida. Encarna la libertad creativa pero también la pulsión autodestructiva del autor.
- El Conde Chojnicki: Actúa como la conciencia del desastre. Es quien posee la certeza del fin, articulando la amarga convicción de Roth de que la patria se acaba y el mundo de ayer está siendo devorado.
Desde el punto de vista de la técnica literaria, quiero mencionar dos recursos magistrales:
- El retrato del héroe de Solferino: Funciona como un leitmotiv visual. A medida que el cuadro se deteriora o cambia de lugar, Roth narra sin palabras el declive moral de la estirpe:
El abuelo de Carl Joseph quizá la habría entendido también! Su enigmático retrato se perdía en la sombra de la moldura del gabinete. La memoria de Carl Joseph se aferraba a aquella imagen como único y último símbolo que le había legado su larga cadena de antepasados desconocidos. Él era su heredero. Desde que se había incorporado al regimiento, se sentía nieto de su abuelo y no hijo de su padre; es más, era el hijo de su peculiar abuelo. (Roth, Joseph. La marcha Radetzky (Alianza Literaturas) (p. 79). Alianza Editorial. Edición de Kindle.)
- El ritmo de la prosa: La novela mantiene un tono melancólico y pausado que imita el compás de los valses y las marchas militares, pero siempre introduce una nota discordante que anuncia el desastre inminente.
Conclusión: El final de la ficción y la realidad
La muerte de Joseph Roth en 1939 en un hospital
para pobres en París, víctima de delirium tremens tras enterarse del
suicidio de su amigo Ernst Toller, guarda un eco escalofriante con su obra.
Su final guarda paralelismos con el destino del marido de su amante en Viena, cerrando un círculo de fatalidad. Roth sufría no era un trastorno que se curara con terapia; era un dolor histórico. Él no estaba preocupado por el futuro; estaba de luto por el pasado. Sus personajes no tienen ataques de pánico modernos; tienen una asfixia espiritual.
Al igual que los Trotta, Roth prefirió "beberse el final" antes que rendirse a la barbarie nazi, convirtiendo su propia vida en la última página de su gran elegía imperial.
Reseña biográfica de Joseph Roth
"Soy un hombre que vive en una habitación de hotel en la Rue de Tournon (el Hôtel de la Poste, en París), escribiendo en la mesa de un café y sin un pasaporte que me dé una identidad real".
Joseph Roth (1894-1939) no fue solo un escritor; fue un fantasma que sobrevivió a su propia casa. Nacido en Brody (Galitzia, en los márgenes del Imperio austrohúngaro), creció en una frontera donde las lenguas y las culturas se mezclaban bajo la sombra protectora de la corona de los Habsburgo.
Para Roth, la disolución del Imperio en 1918 no fue una liberación política, sino una catástrofe existencial. Al desaparecer el águila bicéfala, perdió el único marco que le permitía ser, al mismo tiempo, judío, cosmopolita y austríaco. Se convirtió en un "homeless" espiritual, un hombre que veía cómo los nuevos nacionalismos alzaban muros donde antes había puentes.
Su vida se convirtió en una huida hacia delante por las cafeterías y hoteles de Europa, empezando a verse a sí mismo como un "habitante de hoteles". En una carta a su amigo Stefan Zweig, se definía con crudeza: el hotel, decía, era el único lugar donde se sentía en casa porque era un espacio de "tránsito permanente", igual que su propia vida.
En sus últimos años en París, exiliado del nazismo y sumergido en el alcohol, Roth se aferró a una nostalgia casi mística por un mundo que ya no existía. Murió en 1939 en un hospital para indigentes, justo antes de ver cómo el resto de Europa sucumbía a la misma oscuridad que ya había devorado su memoria.
Roth murió prematuramente a los 44 años y no recibió en vida el reconocimiento que se le debía. Sin embargo, autores de la talla de Mario Vargas Llosa, J.M. Coetzee o Nadine Gordimer (todos ellos premios Nobel) lo han citado como una influencia fundamental por su capacidad para capturar el "alma de una época" que se desvanece.
Su legado literario sigue vivo hoy, 87 años después de su muerte. Que un diplomático, que ha pasado la mayor parte de los últimos 35 años de su vida profesional fuera de su país, lo lea y lo reseñe con tal cercanía, es tal vez el más humilde, pero también el más sincero de sus premios.