Hay novelas que son secretos impresos en papel. Como si la autora hubiera llegado a tu casa, se hubiera sentado en tu sala y te hubiera dicho: "Siéntate, que te voy a contar". Y empieza:
“Sin una
coincidencia fortuita, no hay una historia que valga”.
Eso sentí al abrir la primera página de La
joven del té, de Lisa See. Nuestro encuentro fue precisamente eso: una
coincidencia fortuita. Una cita romántica por azar. Una incursión rápida en la
librería (El Crisol del Óvalo Gutiérrez) que se transformó en una tertulia aquí dentro.
Tengo el mal hábito de escribir reseñas sobre
los libros de los cuales me enamoro. Y de este me enamoré, como siempre, a
primera vista; no necesité llegar a la página 50 para saber que esta historia
me la estaban contando a mí, y solo a mí.
La trama nos sumerge en la vida de Li-Yan, una
joven de la minoría étnica Akha en las montañas de Yunnan. Allí, los Akha
viven, respiran y se aman alrededor del té, específicamente del Pu'er. Lisa See
toma este elemento y, como quien prepara una infusión para una noche fría, lo
convierte en la columna vertebral de la historia.
Li-Yan es el eje de todo. Comienza como una
niña inocente y se transforma en una mujer sofisticada y conocedora de la
industria del té. Su evolución es el verdadero "viaje de la heorina":
pasa de la obediencia ciega a la tradición a la búsqueda desesperada de su
propia identidad y de la hija que “perdió”. En un acto de amor y rebeldía,
nombra a esa pequeña Yan-yeh. Aunque en su nueva vida en Occidente la niña
crezca con otro nombre —Haley— y otra lengua, el té actúa como el hilo invisible
que las mantiene unidas.
En este camino la acompañan figuras
inolvidables. Su madre, A-Ma, sanadora de la aldea y autoridad espiritual,
representa el peso de la tradición y un amor maternal protector que, aunque a
veces doloroso, le da a Li-Yan la fuerza necesaria para sobrevivir. Por otro
lado, está San-Pa, su primer amor, cuya relación desencadena la ruptura con las
leyes de su tribu y trae consecuencias trágicas que marcan el fin de la China
tradicional para la protagonista. Años más tarde aparece Jin, quien encarna la
China moderna y próspera, llevándonos de la pobreza extrema de la montaña a la
comodidad de la ciudad.
El ritmo es pausado pero ágil. Te atrapa no
como un río turbulento, sino como el agua calma de un estanque bajo la sombra
de una ponciana en pleno verano. Lisa See combina la narración con cartas y
archivos que actúan como puentes emocionales, recordándonos que, aunque el
mundo se modernice, los hilos que unen a las madres con sus hijas son
inalterables.
Confieso que el libro tocó las fibras más
sensibles de mi alma y lo terminé, inevitablemente, entre lágrimas.
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