El 11 de enero de 2026, el presidente de Chile, Gabriel Boric, llamó a Venezuela y Cuba dictaduras. “Hay muchos motivos,—dijo —teóricos e ideológicos, pero para mí lo más significativo es el éxodo. Un país del cual escapan más de siete millones de personas… Uno no puede defender algo así”.
Mentras tanto, en el Perú, candidatos y políticos la izquierda peruana como Vladimir Cerrón, Ronald Atencio, Verónica Mendoza, Guido Bellido y otros se atragantan y fabrican sofisticadas respuestas para decir que debemos respetar su proceso o que hay un tipo diferente de democracia o que Nicolás Maduro y Fidel Castro no fueron dictadores, pero Pinochet y Fujimori sí. Y siempre lo dice muy enojados.
¿Para qué les cuento esto?
Imagina que estás en Moscú. Pero no en cualquier parte. Estás en la estación Taganskaya del Metro de Moscú, de pie, frente a la nueva estatua que develó el gobierno ruso en mayo de 2025.
Ahora imagina que te acercas y notas que la estatua se desvanece y en su lugar aparece un anciano cansado, calzando unas pantuflas viejas y agujereadas que dejan ver su vulnerabilidad más íntima.
Esta es la potente imagen literaria que nos regala el escritor chileno José Miguel Varas en su obra Las pantuflas de Stalin: una "desmonumentalización" de la imagen del líder soviético, una pedrada que lo baja de su pedestal para mostrarlo a escala humana.
Pero ¿quién fue Varas? ¿Un agente de la CIA? ¿Un político de la ultraderecha derecha chilena?
No. Varas fue un militante histórico del Partido Comunista de Chile que, debido a su militancia, tuvo que salir al exilio después del golpe militar e instalarse por 15 años en Moscú, donde fue la voz de la resistencia en el exilio a través de Escucha Chile.
Varas, de quien no se puede sospechar, logra con este libro algo que parece imposible para la izquierda peruana dogmática (sí, "izquierda peruana" y "dogmática" son un pleonasmo): relatar con honestidad aquello que impresionó sus sentidos mientras vivió en la URSS. No desde la amargura del renegado, sino desde el humor de quien entiende que la verdad histórica no reside en las estatuas monumentales, sino en los detalles domésticos, sobre todo si son mostrados con humor.
El humor como arma de higiene política
Al igual que escritores como Shalom Aleichem e Isaac Babel, Varas utiliza el humor no como una burla vacía, sino como un mecanismo de higiene política. Ya lo dijo Lin Yutang en "La importancia de vivir" (1932). Dijo que el humor es el gran nivelador que nos devuelve la perspectiva, enseñándonos que detrás de cada 'Héroe de la Revolución' hay siempre un hombre que necesita desayunar. Al ver a Stalin en sus debilidades domésticas, dejamos de ser esclavos del mito para convertirnos en observadores de la realidad.
Varas toma lo sagrado (Stalin) y lo pone en contacto con lo profano. Con ello, nos revela un secreto a voces: lo que empieza a dar risa deja de dar miedo. Algo que los regímenes autoritarios temen profundamente
En el segundo relato del mismo libro, "Lenin conspirando sin pera ni bigote", que es un testimonio de Margarita Vasilievna Fofánova, a quien entrevistó en 1970, Varas hace exactamente lo mismo. Varas destruye la imagen del líder infalible creada por la propaganda estalinista y nos muestra a un Lenin viviendo la incertidumbre previa a 1917.
Como señala el portal
La solemnidad como refugio del autoritarismo
En este punto, nos replanteamos la pregunta inicial:
¿Por qué la izquierda chilena ha evolucionado hacia formas democráticas, mientras sectores de la izquierda peruana persisten en la "verborrea publicitaria" de los años sesenta? ¿Por qué Chile tiene un Boric y nosotros un Atencio y un Cerrón?
La respuesta reside en la solemnidad.
En el Perú, la izquierda ha heredado una tradición litúrgica y religiosa donde la palabra "revolución" se pronuncia con la gravedad de un sacramento.
Para estos sectores, la solemnidad no es respeto, sino un refugio contra la autocrítica.
Al no haber pasado por un proceso de desmitificación literaria como el de Varas, conservan el lenguaje de madera (clichés como "lucha de clases" o "imperialismo") para evitar llamar "dictadura" a gobiernos como el de Venezuela o Cuba.
Como advierte Alberto Adrianzén en
Chile vs. Perú: Dos formas de procesar el exilio
La izquierda chilena, de la cual Gabriel Boric es heredero, tuvo en intelectuales como Varas a sus principales maestros de realismo. El exilio masivo en Europa del Este fue una escuela de desencanto que permitió valorar la democracia formal y los derechos fundamentales por encima de las utopías autoritarias.
Mientras Boric puede criticar autoritarismos de su propio bando porque su cultura política ya "quemó" los viejos ídolos, en el Perú se sigue buscando al "padre estricto y autoritario" en figuras autoritarias.
Sin el humor de un Varas peruano para derretir el bronce, la izquierda peruana permanece estática, defendiendo pedestales vacíos con una publicidad política de hace casi 70 años. Y lo hacen con mucho enojo.
La izquierda peruana tiene (y ya no la oculta) una esencia autoritaria que, en términos de Lin Yutang, es una ausencia total de sentido del humor. Por eso el enojo con que siempre hablan. La izquierda peruana actual es solemne, litúrgica, ritualista, dogmática y fanática.
Terminar de leer a Varas es, en última instancia, un ejercicio de madurez cívica.
Su obra nos recuerda que la política no debería ser museo de estatuas de héroes infalibles, sino una coreografía de seres humanos ordinarios y falibles, a menudo aterrados y que, cada mañana, deben calzarse unas pantuflas viejas y agujereadas.
Mientras la izquierda chilena aprendió que se puede militar con el corazón caliente pero con la cabeza fría para reconocer el autoritarismo, gran parte de la izquierda peruana prefiere la ceguera voluntaria.
Todo ello, sin el más mínimo espacio para verse a sí mismos con humor. El humor, por Dios, necesitamos recuperar el humor como arma de defensa personal contra el engaño y la polarización.
Necesitamos menos "bueyes sagrados" y más cronistas de las pantuflas. Solo cuando somos capaces de reírnos de la precariedad de nuestros propios dogmas, empezamos a ser verdaderamente libres.
Al final del día, la libertad no empieza con un discurso en la plaza, sino con el gesto honesto de admitir que nuestros líderes también caminan por casa con las pantuflas agujereadas, sin pera y sin bigote.
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