En el mundo académico y científico, estudiar es un proceso de indagación donde la duda es la herramienta principal. Se estudia algo para entenderlo, desarmarlo y, si la evidencia lo permite, creer en él o refutarlo. El texto que se estudia es una herramienta provisional y el objetivo, descubrir la verdad, esté donde esté.
El que estudia se pregunta: ¿Existe evidencia empírica que demuestre que esto es verdad?
Sin embargo, en las tradiciones dogmáticas —ya sean teológicas o políticas— el verbo "estudiar" cambia radicalmente de naturaleza. En ellas, la revelación y no la duda es el punto de partida. La evidencia no cuenta.
Así, tanto en el estudio de la Torá como en el de la Biblia y el Corán, el texto no es un objeto de análisis, sino una revelación. Y, si un estudiante de teología no comprende un pasaje o encuentra una contradicción, la culpa nunca es del texto (que es divino), sino del intelecto del alumno (que es limitado). Es decir, el "estudio" aquí no es la búsqueda de conocimiento nuevo, sino un ejercicio de interpretación forzada.
El que estudia se pregunta: ¿Cómo logro que la realidad encaje en lo que ya está escrito?
Con El Capital de Carlos Marx ocurre lo
mismo.
Para el militante de izquierda, el texto
de Marx no es un tratado de economía sujeto a errores históricos, sino una
verdad científica revelada. El resultado de este "estudio" siempre es
binario: Si lo crees, eres un economista formado y consciente; y si no lo
crees, es que "no lo has estudiado lo suficiente" o tu
"conciencia de clase" está nublada. El texto que se estudia es una
verdad eterna e infalible y el objetivo, confirmar la verdad que ya se posee.
Por lo tanto, decir que un militante de
izquierda ‘estudia’ El Capital es, en esencia, una contradicción hasta en el
nombre. Si el resultado del estudio está determinado de antemano (tienes que
terminar creyendo), entonces no hubo duda ni investigación, sino un proceso de
adoctrinamiento.
Cuando el Che afirmaba que no se podía
ser economista sin conocer El Capital, no hablaba de conocer una teoría para
debatirla, sino de adoptar una cosmovisión como quien recibe el bautismo.
El problema de este enfoque es que,
cuando la realidad contradice al libro (por ejemplo, cuando la economía
planificada falla, como lo hace siempre), el dogmático prefiere castigar y
reprimir a la realidad antes que corregir el texto. Y esa realidad son vidas
humanas.
En conclusión, el estudio auténtico
requiere la libertad de dudar y poder decir "esto está equivocado". Sin esa
posibilidad, estudiar la Biblia, la Torá, el Corán o El Capital es simplemente
un ejercicio de gimnasia mental para justificar una fe preexistente. Al final,
el "estudioso" no es más que un converso fanático que aprendió el
vocabulario técnico de su propia religión.
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