Hace unos meses, Cinzia, una amiga italiana graduada en estudios orientales, me hizo un regalo que no sabía cuánto necesitaba: me recomendó "Los cisnes salvajes" de Jung Chang. "Si quieres entender de verdad el alma de China bajo Mao", me advirtió, "tienes que leer esto". Lo que Cinzia me entregó no fue solo una recomendación literaria, sino el acceso a la biografía más desgarradora e iluminadora del siglo XX chino.
La leí en italiano, lengua que no domino, lo que hizo que mi lectura fuera lenta y pausada. Pero, al mismo tiempo, ese esfuerzo me permitió ver, oler y sentir cada giro de la historia e imaginarla, de algún modo, a través de los ojos de Cinzia.
A través de sus páginas, Jung Chang abre las heridas de su propia estirpe. Es el testimonio vivo de tres generaciones —su abuela, su madre y ella misma— atrapadas en el torbellino de un sistema que prometía el paraíso y entregó un infierno. Es una mirada desde la primera fila del dolor. Mientras leía cómo el relato transita desde la fragilidad de su abuela hasta la desilusión de la autora como Guardia Roja, sentí una gratitud profunda por vivir en libertad. Cada página era un recordatorio de lo preciosa, y a la vez frágil, que es la democracia.
Me estremeció confirmar que el socialismo real —el único que conocemos en la práctica— no fue un idealismo fallido, sino un proceso traumático y sistemático que aniquiló la individualidad; una realidad que los dogmatismos del siglo XXI pretenden negar o maquillar. A diferencia de los textos históricos áridos, Chang le pone rostro al miedo absoluto. Logra que las "sesiones de autocrítica" y la arbitrariedad del poder estatal no sean conceptos lejanos, sino algo que te oprime el pecho.
Por primera vez, leo el testimonio de alguien que no duda en mostrar lo trágico que es hacer política desde el enfoque de la lucha de clases. En el último capítulo, Jung Chang sintetiza esta oscuridad en una reflexión demoledora sobre la naturaleza del maoísmo:
"Me parecía que el principio fundamental era la necesidad —o ¿el deseo?— de un conflicto perpetuo. El núcleo central de su pensamiento parecía indicar que la fuerza motriz de la historia estaba constituida por las luchas humanas y que, para construir la historia, era necesario crear continuamente enemigos de clase en masa (...) Mao era un instigador incansable de conflictos por su propia naturaleza. Había comprendido los peores instintos humanos, como la envidia y el resentimiento, y los había sabido explotar para sus propios fines.
Mao había logrado transformar al pueblo en el arma suprema de la dictadura. Por eso, bajo su mando, en China nunca hubo un equivalente real del KGB: no era necesario. Al dejar al descubierto y cultivar con esmero el lado peor de la población, Mao había creado un desierto moral y una tierra de odio. (...) La otra seña de identidad era el dominio de la ignorancia. El profundo resentimiento de Mao contra la instrucción escolar y la gente instruida fueron motivos por los que destruyó gran parte del legado cultural del país. Mao dejó una nación no solo embrutecida, sino también lúgubre."
Este pasaje es devastador porque describe cómo el sistema no solo oprime desde arriba, sino que corrompe la moral de la sociedad desde abajo. Es la descripción perfecta de cómo el socialismo real convierte al ciudadano en el "arma suprema" de su propia opresión.
"Los cisnes salvajes" es, en última instancia, una radiografía brutal de la resiliencia humana frente a la maquinaria destructiva del colectivismo. Al leerlo, entiendes que la historia de esta familia es el espejo donde se refleja el destino trágico de millones.
Visto en perspectiva, la tragedia que narra Jung Chang es la misma que han padecido las familias en Cuba durante décadas y la que hoy devasta a Venezuela. Es el mismo guion de odio, desierto moral y destrucción de la economía y el tejido social en nombre de una ideología que solo sabe sobrevivir fabricando enemigos.
Al final, el dolor de la China de Mao es el mismo grito de libertad que hoy recorre las calles de Caracas y La Habana.
* * *
El libro ha sido traducido a casi 40 idiomas y ha vendido más de 10 millones de ejemplares en todo el mundo, sigue siendo un tema tabú para el régimen de Pekín. El libro no se puede comprar en librerías ni encontrar en bibliotecas públicas en China.
El libro no solo critica la Revolución Cultural, sino que cuestiona la figura misma de Mao Zedong, quien sigue siendo el pilar ideológico del Partido Comunista Chino. El análisis de Chang, que describe a Mao como un instigador del "desierto moral" y responsable de millones de muertes, es incompatible con la narrativa oficial del Partido, que sostiene que Mao fue "un 70% bueno y un 30% malo".
Jung Chang tiene prohibida la entrada a China la mayor parte del tiempo, aunque en ocasiones se le ha permitido visitar a su madre bajo una vigilancia extrema y condiciones de silencio absoluto.
Es una ironía: la obra que mejor explica la historia moderna de China a todo el mundo es, precisamente, la que los chinos tienen prohibido leer.
* * *
Posdata: en lo literario, aún no entiendo cómo Suecia pudo otorgar el Premio Nóbel de Literarura a a Hang Kan el 2024 y no a Jung Chang. Solo esta novela, Cisnes Salvajes, vale más toda la obra de Hang Kan.
Leer mi articulo ¿Soy yo o el Nobel se ha vuelto imposible? Mi honesta opinión como lector.