lunes, 26 de enero de 2026

"Cisnes salvajes": una lección sobre la libertad


Hace unos meses, Cinzia, una amiga italiana graduada en estudios orientales, me hizo un regalo que no sabía cuánto necesitaba: me recomendó "Los cisnes salvajes" de Jung Chang. "Si quieres entender de verdad el alma de China bajo Mao", me advirtió, "tienes que leer esto". Lo que Cinzia me entregó no fue solo una recomendación literaria, sino el acceso a la biografía más desgarradora e iluminadora del siglo XX chino.

La leí en italiano, lengua que no domino, lo que hizo que mi lectura fuera lenta y pausada. Pero, al mismo tiempo, ese esfuerzo me permitió ver, oler y sentir cada giro de la historia e imaginarla, de algún modo, a través de los ojos de Cinzia.

A través de sus páginas, Jung Chang abre las heridas de su propia estirpe. Es el testimonio vivo de tres generaciones —su abuela, su madre y ella misma— atrapadas en el torbellino de un sistema que prometía el paraíso y entregó un infierno. Es una mirada desde la primera fila del dolor. Mientras leía cómo el relato transita desde la fragilidad de su abuela hasta la desilusión de la autora como Guardia Roja, sentí una gratitud profunda por vivir en libertad. Cada página era un recordatorio de lo preciosa, y a la vez frágil, que es la democracia.

Me estremeció confirmar que el socialismo real —el único que conocemos en la práctica— no fue un idealismo fallido, sino un proceso traumático y sistemático que aniquiló la individualidad; una realidad que los dogmatismos del siglo XXI pretenden negar o maquillar. A diferencia de los textos históricos áridos, Chang le pone rostro al miedo absoluto. Logra que las "sesiones de autocrítica" y la arbitrariedad del poder estatal no sean conceptos lejanos, sino algo que te oprime el pecho.

Por primera vez, leo el testimonio de alguien que no duda en mostrar lo trágico que es hacer política desde el enfoque de la lucha de clases. En el último capítulo, Jung Chang sintetiza esta oscuridad en una reflexión demoledora sobre la naturaleza del maoísmo:

"Me parecía que el principio fundamental era la necesidad —o ¿el deseo?— de un conflicto perpetuo. El núcleo central de su pensamiento parecía indicar que la fuerza motriz de la historia estaba constituida por las luchas humanas y que, para construir la historia, era necesario crear continuamente enemigos de clase en masa (...) Mao era un instigador incansable de conflictos por su propia naturaleza. Había comprendido los peores instintos humanos, como la envidia y el resentimiento, y los había sabido explotar para sus propios fines.

Mao había logrado transformar al pueblo en el arma suprema de la dictadura. Por eso, bajo su mando, en China nunca hubo un equivalente real del KGB: no era necesario. Al dejar al descubierto y cultivar con esmero el lado peor de la población, Mao había creado un desierto moral y una tierra de odio. (...) La otra seña de identidad era el dominio de la ignorancia. El profundo resentimiento de Mao contra la instrucción escolar y la gente instruida fueron motivos por los que destruyó gran parte del legado cultural del país. Mao dejó una nación no solo embrutecida, sino también lúgubre."

Este pasaje es devastador porque describe cómo el sistema no solo oprime desde arriba, sino que corrompe la moral de la sociedad desde abajo. Es la descripción perfecta de cómo el socialismo real convierte al ciudadano en el "arma suprema" de su propia opresión.

"Los cisnes salvajes" es, en última instancia, una radiografía brutal de la resiliencia humana frente a la maquinaria destructiva del colectivismo. Al leerlo, entiendes que la historia de esta familia es el espejo donde se refleja el destino trágico de millones. 

Visto en perspectiva, la tragedia que narra Jung Chang es la misma que han padecido las familias en Cuba durante décadas y la que hoy devasta a Venezuela. Es el mismo guion de odio, desierto moral y destrucción de la economía y el tejido social en nombre de una ideología que solo sabe sobrevivir fabricando enemigos. 

Al final, el dolor de la China de Mao es el mismo grito de libertad que hoy recorre las calles de Caracas y La Habana.

* * *

El libro ha sido traducido a casi 40 idiomas y ha vendido más de 10 millones de ejemplares en todo el mundo, sigue siendo un tema tabú para el régimen de Pekín. El libro no se puede comprar en librerías ni encontrar en bibliotecas públicas en China.

El libro no solo critica la Revolución Cultural, sino que cuestiona la figura misma de Mao Zedong, quien sigue siendo el pilar ideológico del Partido Comunista Chino. El análisis de Chang, que describe a Mao como un instigador del "desierto moral" y responsable de millones de muertes, es incompatible con la narrativa oficial del Partido, que sostiene que Mao fue "un 70% bueno y un 30% malo".

Jung Chang tiene prohibida la entrada a China la mayor parte del tiempo, aunque en ocasiones se le ha permitido visitar a su madre bajo una vigilancia extrema y condiciones de silencio absoluto.

Es una ironía: la obra que mejor explica la historia moderna de China a todo el mundo es, precisamente, la que los chinos tienen prohibido leer.

* * *

Posdata: en lo literario, aún no entiendo cómo Suecia pudo otorgar el Premio Nóbel de Literarura a a Hang Kan el 2024 y no a Jung Chang. Solo esta novela, Cisnes Salvajes, vale más toda la obra de Hang Kan. 

Leer mi articulo ¿Soy yo o el Nobel se ha vuelto imposible? Mi honesta opinión como lector. 

jueves, 15 de enero de 2026

El modo como Dios gobierna el mundo


En esta entrada, dejaré que el texto hable por sí mismo. Se trata de un diálogo de la novela "El vino del estío" de Ray Bradbury, un diálogo que muestra la sencillez y la ambigüedad de la condición humana en las voces de dos niños:

«–Tom –dijo Douglas–, prométeme una cosa ¿vale?

–Prometido ¿qué es?

–Eres mi hermano y te odio a veces, pero no te separes de mí ¿eh? 

–¿Me dejarás entonces que ande contigo y los mayores?

–Bueno... sí... eso también. Pero quiero decir que no desaparezcas, ¿eh? No dejes que te atropelle un coche y no te caigas por algún precipicio. 

–¡Claro que no! ¿Por quién me tomas?

–Y si ocurre lo peor y los dos llegamos a ser realmente viejos, de cuarenta o cuarenta y cinco años, podemos comprar una mina de oro en el Oeste, y quedarnos allí, y fumar y tener barba.

–¡Tener barba, Dios! –Como te digo. No te separes y que no te ocurra nada. –Confía en mí.

–No me preocupas tú –dijo Douglas–, sino el modo como Dios gobierna el mundo. Tom pensó un momento.

–Bueno, Doug –dijo–, hace lo que puede.»

miércoles, 14 de enero de 2026

¿Soy yo o el Nobel se ha vuelto imposible? Mi honesta opinión como lector

 


Escribo estas líneas desde mi humilde lugar de lector. No soy crítico literario, ni filólogo, ni académico, ni pretendo escribir con la maestría de un Vargas Llosa. Pero, como cualquiera que disfruta de un buen libro, sé perfectamente cuándo estoy frente a una buena obra y cuándo me están intentando vender "gato por liebre" bajo la etiqueta de arte.

Tras los últimos anuncios de la Academia Sueca —Han Kang (2024) y László Krasznahorkai (2025)—, mi sensación es de una desconexión total. Parece que el Nobel ya no busca grandes historias, sino cumplir con agendas políticas o premiar experimentos que, francamente, son imposibles de disfrutar.

El "Dúo Dinámico" de la decepción

Si el objetivo de la Academia Sueca en estos últimos dos años ha sido alejar al lector de las librerías, lo están logrando con honores. Al comparar a estos dos ganadores, vemos dos caras de la misma moneda: el sacrificio de la narrativa en favor del artificio.

Han Kang (2024): El Nobel de la "Agenda".

El premio se sintió más como una maniobra de relaciones públicas para subirse a la cresta de la ola de la cultura coreana que como un reconocimiento a la maestría narrativa. 

Leer sus libros es como intentar avanzar por un desierto ártico emocional; en La vegetariana, por ejemplo, nos topamos con una literatura de la pasividad absoluta, donde el dolor es tan denso que la historia simplemente se congela. 

Ni siquiera el lenguaje ofrece un refugio: no es rico ni atrayente; es una prosa tan tibia y opaca como sus propios personajes.

László Krasznahorkai (2025): El Nobel del "Esnobismo".

Si Han Kang me aburrió con su lentitud, Krasznahorkai me castiga con su técnica. Escribir párrafos de veinte páginas sin un solo punto no es ser un genio (Satantango y Melancolía de la resistencia), es ignorar al lector. Es un crucigrama psicológico donde pierdes el hilo en la tercera línea. A pesar de ello, me dispuse a leer Tango satánico y Seiobo descendió a la Tierra y me encontré con párrafos que no terminan nunca, páginas enteras sin un solo punto y monólogos que parecen laberintos psicológicos.

Según parece, él mismo sostiene que el "punto final" no le pertenece a los humanos, sino a Dios, y que nuestra mente no funciona con pausas, sino como un flujo constante. Suena poético, ¿verdad? El problema es que, en la práctica, eso hace que la lectura sea lo que yo llamo "un ladrillo literario".

En resumen: Mientras que Han Kang representa la literatura que se premia por quién es el autor (política y cuotas), Krasznahorkai representa la literatura que se premia por qué tan difícil es leerla (esnobismo). Al final, el resultado es el mismo: un aburrimiento insoportable frente a un cansancio intelectual gratuito.

La buena literatura no tiene por qué ser un suplicio

Muchos dirán que "no entiendo" o que "no tengo el nivel". Pero yo me pregunto: ¿por qué autoras como Jung Chang o Lisa See son ignoradas por estos premios?


Ellas también retratan el trauma, la historia de Asia y la profundidad humana, pero lo hacen con una excelencia narrativa que te mantiene pegado a la página. Cisnes salvajes de Jung Chang te enseña más sobre la realidad y el dolor que cualquier experimento críptico, porque ella sí sabe cómo contar una historia. Pero claro, ellas escriben para que se las entienda, y parece que en Estocolmo, si no sufres leyendo, no es "alta literatura".


El derecho a decir "el rey está desnudo"

Siento que el Nobel se ha convertido en un club privado de intelectuales hablando para sí mismos. Reivindico mi derecho como lector de a pie a decir que un libro puede ser un Nobel y, al mismo tiempo, ser una obra fallida para el público. La literatura debería ser un puente, no un laberinto diseñado para que solo unos pocos se sientan inteligentes.

¿Y tú? ¿También te has sentido frustrado con estos libros o crees que el problema soy yo? Te espero en los comentarios.

Sobre el autor de esta nota:

Soy, ante todo, un lector curioso que cree que un buen libro es aquel capaz de detener el tiempo. No busco análisis técnicos ni teorías literarias; busco historias que me atrapen, que me transporten y que respeten mi inteligencia sin necesidad de laberintos innecesarios. Escribo desde el sofá, con la honestidad de quien sabe que la mejor literatura es la que logra quedarse contigo mucho después de cerrar la última página.

jueves, 8 de enero de 2026

El golpe de estado de los chef: La traición a la olla peruana

La contraofensiva láctea: la intervención de la vaca en nuestra soberanía culinaria.

Si la gastronomía peruana fuera un país, ahora mismo estaríamos bajo un golpe de Estado liderado por una barrita de mantequilla. Lo que antes era el reino absoluto del ají, el fuego y el aderezo criollo, hoy es una república fallida donde la leche tiene derecho a voto en platos donde nadie la invitó. Ni los villanos más despiadados de la geopolítica se atrevieron a tanto.

Como intolerante a la lactosa, durante años presumí de la soberanía de nuestro sabor: la cocina peruana no dependía de muletas lácteas. Me burlaba de los tres secretos de la cocina francesa (queso, mantequilla y más leche). Pero mi orgullo ha caído. Mis últimos días en Lima han sido un ejercicio de contrainteligencia: me he sentido como un agente infiltrado tratando de detectar al enemigo en un territorio que, por derecho histórico, debería serle hostil.

El intervencionismo del "Chef de Escuela"

Parece que en las escuelas de cocina han reemplazado el batán por la técnica del montage au beurre. Es el imperialismo francés en su versión más cruel. Han decidido que el Lomo Saltado —un plato que debe oler a calle, a humo, a barrio y a hierro— necesita una "terminación sedosa".

¿Sedosa? Yo no quiero que mi almuerzo se sienta como una bufanda de cachemira; yo quiero que el vinagre y el jugo de la carne me den un bofetón de realidad. Pero no, el chef moderno le tira su dado de mantequilla al final, traicionando tres siglos de tradición solo para que la salsa brille en la foto de Instagram.

La butifarra: ¿sándwich nacional o postre lácteo?

La butifarra es el orgullo de la mañana limeña: jamón del país, pan roseta crocante, mayonesa de huevo y aceite y salsa criolla. Punto. Pues bien, el intervencionismo ya infectó el desayuno: ahora la mayonesa lleva leche y te sirven el jamón en panes con su toque de mantequilla. Han convertido un clásico de las carretillas en una bomba de tiempo para el colon.

Arroz con pollo y el "Complejo de risotto"

El arroz con pollo debe ser graneado, con el cilantro marcando el territorio con puño de hierro. Pero la "nueva ola" de la "nueva olla" ha decidido que si no está "cremosito", no es gourmet y le meten crema de leche o mantequilla para forzar una textura de risotto que nadie pidió. ¿Resultado? Han humillado al grano de arroz peruano, obligándolo a nadar en una sustancia blanca cuya única función es que el intolerante a la lactosa tenga que salir huyendo del restaurante antes de que llegue la cuenta.

Arroz con mariscos: El mar se volvió de nata

Entrar hoy a una cebichería es un acto de fe. Lo que debería ser un festival de coral de camarón y concentrado de mar se ha convertido en una sopa espesa de crema de leche y queso parmesano de bolsa. El marisco, pobre, ya no sabe a océano; sabe a queso. Es el intervencionismo máximo: han logrado que un plato de la costa peruana se sienta como un guiso de los Alpes.

La mayonesa: El Caballo de Troya

La traición más sibilina ocurre en la mayonesa. Ahora le inyectan leche "para que rinda" o "para que aclare". Es un Caballo de Troya: muerdes un inocente sándwich de pavo o de pollo con apio y, diez minutos después, tu sistema digestivo empieza a sonar como una orquesta de percusión en plena crisis.

Los daños colaterales: El avance de la mancha blanca

La lista de caídos sigue creciendo y ya no hay plato que esté a salvo. El Pescado a lo Macho, que debería ser una salsa brava, roja y con puro sabor a mariscos y ají panca, ahora te lo sirven rosadito y dócil porque le meten crema de leche "para estabilizar". Hasta el Seco de Res ha sufrido: algunos "iluminados" le tiran mantequilla al final para matar la acidez bendita de la chicha de jora, traicionando el alma del norte. ¡Incluso el cebiche al que ahora le ponen un toque de leche evaporada para "suavizar" el ácido del limón y dizque "mejorar el sabor"! El cebiche es del pueblo: pescado, ajo, limón, cebolla, ají, culantro, sal y pimienta. Punto.

Y ni hablemos del puré de papa amarilla, que en manos de estos chefs deja de ser un acompañamiento para convertirse en una emulsión de grasa de vaca con un poquito de papa de pretexto. Es una invasión silenciosa que está blanqueando nuestra historia culinaria a punta de lácteos innecesarios.

Glosario de mentiras de menú (para el viajero superviviente)

Si no quieres terminar en urgencias, aprende a traducir los eufemismos del chef moderno:

  • "Textura sedosa": Le echamos medio kilo de mantequilla porque nos dio flojera cocinar bien el aderezo.
  • "Toque de autor": Le pusimos leche a la mayonesa porque el aceite está caro.
  • "Arroz meloso": No sabemos granear el arroz, así que lo ahogamos en crema y que Dios te ampare.
  • "Terminado a la francesa": Prepárate para la traición; ese saltado tiene más lácteos que un yogur griego.
  • "Pan artesanal de la casa": Es un brioche cargado de grasa animal que va a reaccionar con tus intestinos en 3, 2, 1...

Señores chefs: la cocina peruana es de aderezo, no de crema. Dejen de "mejorar" lo que ya era perfecto. Si el general San Martín supiera que hoy, para comerse un bistec en Lima, hay que pedir un examen de sangre de la salsa, volvería a declarar la independencia. Pero esta vez, de la industria lechera y de la cocina francesa.

Y no, no se soluciona usando productos sin lactosa. ¡No al intervencionismo!