Me encontraba leyendo "Elogio de la vida ordinaria" de Filippo La Porta, ese ensayo que critica la obsesión moderna por el éxito y la exigencia de llevar una vida excepcional y digna de ser inmortalizada en estatuas y contada en libros o, al menos, en las redes sociales. En su lugar, elogia la dignidad de una vida modesta, el valor del antihéroe silencioso y la trascendencia de lo cotidiano.
Algunas frases me impactaron profundamente:
"Si, en una época en la que se espera que toda existencia sea excepcional y digna de ser contada, la verdadera rebelión fuera quedarse en el propio sofá, sin querer demostrar nada." "El verdadero heroísmo hoy no reside en hacerse notar, sino en permanecer fiel a sí mismo; no en superarse, sino en el simple saber 'ser'." "El mundo lo salvan las vidas ordinarias."
Mientras meditaba sobre estas ideas —pensando en los héroes silenciosos de mi propia vida, mis padres, mis compañeros de trabajo, mis a amigos, los padres de mis amigos...—, me sentí a la vez fascinado y exhausto. Cerré el libro después de una hora, buscando un respiro.
Buscando algo tranquilo en Netflix, elegí al azar "Sueños de trenes" (Train Dreams) de Denis Johnson (basada en la novela homónima). Y entonces ocurrió la magia.
La pantalla me presentó a Robert Grainier, el protagonista. En ese instante, me di cuenta: ¡estaba ante el ejemplo literario perfecto de lo que acababa de leer!
Grainier encarna la esencia de lo que La Porta llama el "hombre común" que vive con dignidad al margen de la falsa grandeza. Es un jornalero (leñador, ferroviario) en el Oeste americano de principios del siglo XX. Su vida es larga, pobre y modesta, definida por el trabajo físico, el silencio y la subsistencia. No persigue la riqueza ni el poder; sus logros son un pequeño trozo de tierra y la capacidad de "saber ser".
Es el antihéroe por excelencia. Vive en los márgenes de la expansión industrial (simbolizada por el tren) que avanza sin control. Su vida se define por la rutina y el paisaje. Su grandeza no está en el gesto espectacular, sino en la capacidad de soportar la tragedia devastadora (la pérdida de su familia en un incendio forestal) y seguir adelante con dignidad.
Su historia es el retrato íntimo de un duelo que no se resuelve con el olvido, sino que se hace parte de su identidad. Su fuerza reside en no olvidar y en su "no hacer el mal" en un mundo donde campea la violencia.
En resumen, La Porta proporciona la teoría filosófica del porqué deberíamos elogiar la vida ordinaria, y Sueños de trenes nos ofrece un estudio de caso magistral en la figura de Robert Grainier, demostrando que una vida común puede contener más heroísmo y profundidad que cualquier carrera hacia la falsa grandeza.
Te lo advierto: no veas la película o leas el libro, sin antes leer al menos un resumen de "Elogio de la vida ordinaria" de Filippo La Porta. Digo, si lo que quieres es sentir la magia.
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