Lo que está pasando con Lamine Yamal no es
solo la historia de un jugador de fútbol; es un espejo que nos
devuelve los peores males de la sociedad actual: la del espectáculo constante,
la de la hiperpositividad tóxica, el individualismo desmedido y, sobre
todo, la del ego inflado hasta
reventar.
El chico tiene un talento bestial, pero su entorno, un combo familiar explosivo,
lo está empujando a un camino peligroso.
¿Qué se está cocinando realmente?
Lo que se ve es una mezcla de ego precoz, presión mediática a lo bestia y una mercantilización
familiar sin límites.
A Lamine le han dicho tanto desde
niño que es un elegido que ha internalizado una identidad
mesiánica. Cree, sin duda alguna, que es el mejor del mundo, y esa creencia va por delante de la trayectoria real.
A su edad, ¿cómo no? Sus autoproclamaciones y su
hiperactividad en redes no son solo fanfarronería; son una manera
desesperada de reforzar ese ego y manejar la presión brutal
de tener que justificar las expectativas.
Detrás de él, tenemos a los
típicos "show off parents"
o, como diríamos aquí, padres fanfarrones o
que viven de la fama del hijo. El
padre, con su rol de polémico, dramático y
victimizador, no hace más que proyectar sus ambiciones e
inseguridades en Lamine.
El colmo es la madre explotando
la atención mediática, vendiendo su compañía en cenas por 800 euros,
anunciándose como "la madre del mejor jugador del mundo". ¿Limites entre la vida
privada y el negocio? No, gracias.
Es una estrategia consciente (y
autodestructiva) para controlar la narrativa (lo que se dirá de Lamine en el
futuro escribiendo los hechos históricos antes de que ocurran) y explotar una fama que les llegó demasiado rápido.
El riesgo para Lamine es inmenso. Es un adolescente tardío, inmaduro y atrapado en una burbuja tóxica: un
entorno familiar que le refuerza la grandiosidad en vez
de la humildad, el papel de victima en lugar del de responsable, y que usa su nombre para enriquecerse... más aún.
Si sigue por este camino, la concentración, la ética
de trabajo y el esfuerzo constante que se necesitan para tener una carrera como
las de Messi o Cristiano Ronaldo se irán por la borda. El dinero y el status de súper-estrella adolescente están
distorsionando todos los roles familiares, y esa burbuja, más pronto que tarde,
corre el riesgo de explotarle en la cara.
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