miércoles, 23 de septiembre de 2026

La ley del más fuerte en el aula: Cuando la disciplina institucional institucionaliza la violencia

Foto: Epicentro TV. 21 setiembre 2026.


Hay etapas de la vida a las que uno nunca desearía volver, pero cuyos ecos nos alcanzan cada vez que la prensa destapa una nueva tragedia en los pasillos de una escuela.

Al leer sobre la reciente denuncia de agresión grupal en el Liceo Naval, el impacto no surge solo de la indignación frente al hecho puntual, sino de un amargo e inconfundible sentimiento de déjà vu. Para quienes sobrevivimos a la etapa escolar anhelando únicamente el día de la graduación, estas noticias no son casos aislados ni anomalías repentinas: son la herida abierta de una arquitectura de poder que conocemos muy bien.

¿Qué es lo que no estamos viendo?

Frente a noticias trágicas y sobrecogedoras como esta —que se repiten en el Liceo Naval y en tantas otras escuelas—, el debate público suele encasillarse en dos trincheras predecibles: el análisis jurídico sobre penas e imputabilidades, o la psicologización individual de los agresores. Sin embargo, poco se escribe sobre las estructuras de poder invisibles pero omnipresentes que moldean la vida cotidiana dentro del aula. Cada escuela y cada salón de clases es, en esencia, un espacio social cerrado que refleja los defectos y virtudes de las familias de donde provienen los alumnos; un microcosmos diseñado por las interacciones de los estudiantes y los límites, premios y castigos que la escuela entrega. Un complejo que exige ser gobernado con justicia y no con sometimiento. Para entender cómo se incuban las dinámicas de abuso, es indispensable analizar la arquitectura social de nuestras escuelas, los incentivos que se dan dentro de ella y cómo los hemos padecido a lo largo de las décadas.

La herencia de la verticalidad y el aislamiento monosexual

Vivimos en una sociedad históricamente adiestrada en la verticalidad y el culto a la subordinación, rasgos que trascienden los muros e impregnan las aulas de colegios públicos y privados por igual.

Esta lógica la viví y sufrí en carne propia durante los años setenta, cuando hice la secundaria en un colegio privado de provincia regido por sacerdotes. En aquel entonces primaba la idea de que los colegios exclusivos para varones eran el espacio ideal para "forjar el carácter". Fue una mala estrategia pedagógica. Crear entornos artificialmente segregados solo sirvió para exacerbarnos en una competencia brutal por la dominación física y el estatus social.

La vida real está hecha de hombres y mujeres, pero a nosotros se nos aisló de la convivencia cotidiana con ellas; al egresar, muchos no sabíamos ni cómo entablar una conversación básica con una mujer. En ese ecosistema rígido, donde materias de sensibilidad como Música serían eliminadas para imponer la educación premilitar, el ideal de orden se redujo a la obediencia ciega y a la represión de la vulnerabilidad.

El brigadier y la impunidad: la delegación del monopolio de la fuerza

Desde mis tiempos —y hasta el día de hoy—, en una parte importante de los colegios del Perú se nombra a estudiantes como brigadier, brigadier general, sub-brigadier o brigadier de aula, casi siempre junto a la policía escolar. Aunque no tiene potestad sancionadora formal, el lenguaje —cordones, jerarquía, juramento, “estado mayor” estudiantil— reproduce una lógica de mando y subordinación que riñe abiertamente con cualquier discurso de convivencia democrática.

Es en este diseño donde germina la perversión más clara de la convivencia escolar: la externalización de la coerción. Cuando una institución educativa renuncia a gobernar con justicia y prioriza el control inmediato por encima de la ética, echa mano del mecanismo más eficiente a su alcance: la intimidación.

El ejemplo que mejor sintetiza esta aberración es la figura del brigadier de aula. Entre mis compañeros había estudiantes brillantes, con capacidad de liderazgo o empatía; sin embargo, las autoridades jamás consideraron a ninguno de ellos para el puesto. Prefirieron nombrar brigadier al matón del salón. La estrategia del colegio era tan pragmática como nefasta: cooptar al violento para delegarle el monopolio informal de la fuerza.

Al revestir al agresor con una insignia oficial —y al ignorar sistemáticamente las golpizas que dejaba a otros alumnos con hematomas gigantes o sangrando por la nariz—, el colegio le otorgó una patente de corso. Se creó así una microestructura feudal dentro del aula: los amigos del matón tenían licencia abierta para hacer bullying con total impunidad a cambio de lealtad, mientras los demás debíamos portarnos bien bajo la doble amenaza del castigo institucional y de la violencia física sin sanción. El matón tenía ahora la ley de su parte. El mensaje pedagógico era contundente: la razón y el mérito no valían nada frente al poder de la fuerza bruta respaldada por el sistema.

El oasis universitario y la urgencia de cambiar el modelo

Para quienes fuimos víctimas de ese sistema de acoso institucionalizado, la etapa escolar no fue un espacio de formación, sino una prueba de supervivencia. Recuerdo pedir a mis padres que me cambiaran de colegio y, al no ser posible, aprender a convivir y sobrevivir con el maltrato y la violencia diaria, contando uno a uno los días que me faltaban para salir y no volver jamás (no he vuelto jamás). Por eso, el ingreso a la universidad representó un verdadero oasis de paz: un entorno donde, por primera vez, la libertad de pensamiento, el debate de ideas y la convivencia natural entre hombres y mujeres reemplazaban a la lógica del sometimiento.

Desconozco los detalles finos del modelo escolar actual, pero puedo ver sus resultados. Sospecho que lo ocurrido recientemente es la consecuencia predecible de un sistema educativo que no ha sabido administrar la diversidad ni las carencias del entorno familiar, y que históricamente ha validado, delegado y tolerado la intimidación como método de gobierno escolar.

Mientras las escuelas no asuman el desafío pedagógico de gobernar las aulas con justicia, respeto mutuo y equidad, continuaremos formando espacios donde el abuso no es una falla del sistema, sino su resultado natural.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Cuando el Congreso frena y Palacio no espera: facultades, decretos y la máquina que no engrasa

Foto: IDEHPUCP Artículo "¿Un “caballo de Troya”? Apuntes sobre el pedido de delegación de facultades del Gobierno de Keiko Fujimori" de Daniela Pulido Ramírez

El Ejecutivo quiere legislar rápido. El Congreso no quiere ceder el volante. Mientras tanto, se anuncian decretos de urgencia. Un clásico latinoamericano, ahora en versión bicameral.

El poder odia el vacío, pero sobre todo detesta la espera. Mientras las comisiones parlamentarias se arrastraban entre debates lánguidos e informes desfavorables, desde la cúpula del Ejecutivo llegó la confirmación de que la paciencia se había agotado: «Se están ya aprobando una serie de decretos de urgencia». La escena, ocurrida este 14 de septiembre de 2026, retrató a la perfección el pulso de la política peruana. Ante un Palacio Legislativo atrincherado en sus plazos y un Ejecutivo apurado por mostrar gestión, el gobierno decidió cortar camino antes de esperar la luz verde del Parlamento.

En la mesa del Congreso quedó congelada una solicitud ambiciosa: un plazo de 120 días calendario para promulgar 66 medidas legislativas enfocadas en seguridad ciudadana, la emergencia por el fenómeno de El Niño y la reactivación económica. La respuesta parlamentaria ha sido contundente: siete comisiones legislativas dictaminaron en contra, la Comisión de Constitución pateó el dictamen final y las principales bancadas marcaron una línea roja bajo la consigna de que «solo se delegará lo estrictamente urgente.

Para entender este cortocircuito sin perderse en el articulado constitucional, conviene rescatar al politólogo italiano Giovanni Sartori. En su célebre tratado sobre ingeniería constitucional, Sartori explicó que las constituciones no son cartas de reyes magos ni listas de buenas intenciones, sino máquinas de premios y castigos diseñadas para que el poder funcione. «Las constituciones se parecen a las máquinas, esto es, a mecanismos que deben funcionar y producir algo... pero difícilmente funcionarán como se desea a menos que empleen la "maquinaria" de Bentham: los castigos y las recompensas», advertía el italiano.

El problema genético del presidencialismo latinoamericano (en especial, el peruano) es que crea dos poderes independientes, ambos elegidos por voto popular, pero sin una palanca clara que los obligue a pactar cuando no comparten camiseta política. Cuando la Constitución no establece un plan A, es decir, cuando la máquina no incentiva la cooperación, el presidente se descubre al volante de un vehículo trabado y apuesta por un Plan B: pedir paquetes gigantescos de facultades delegadas para avanzar cuando el motor principal sencillamente no echa a andar la maquina.

El Legislativo, entonces, bloquea el plan B y, ante ello, la tentación inmediata es saltar al plan C: el decreto de urgencia. Esta herramienta es el comodín por excelencia del gabinete para no quedar paralizado, pero tiene fronteras constitucionales muy marcadas. Sirve para inyectar recursos económicos extraordinarios, reasignar presupuesto de emergencia y disponer medidas financieras inmediatas, pero no puede tocar la reforma de la Policía Nacional, el rediseño del sistema penitenciario ni la alteración de leyes orgánicas.

Ese es el juego político. Un juego donde el impacto es la percepción. Cada decreto firmado desde el Consejo de Ministros será leído en el Congreso como una afrenta: «están gobernando por la libre». Y cada objeción en las comisiones será leída en Palacio como un boicot deliberado a la gobernabilidad. Un juego de suma cero.

Hay dos 2 escenarios probables: Si las bancadas y el gabinete acuerdan en los próximos días un paquete recortado, todos salvarán la cara frente a las cámaras. O, si el pedido termina archivado, el país continuará en su dinámica habitual: el Ejecutivo gobernando a golpe de decretos al límite de su competencia y el Legislativo respondiendo con comisiones revisoras y vetos parciales. 

Sartori lo explicó con lucidez: el drama de nuestras democracias no es esta discusión puntual de septiembre; el verdadero drama es que la excepción (la parálisis y el Plan B o, peor aún, el C) se convirtió en la regla de gobierno.

En estos días, en política, en el Perú no se discuten solo 66 puntos. Se discute si se condena al país a continuar repitiendo el mismo círculo vicioso: un Congreso que frena y un Ejecutivo que pide cheques en blanco para temas urgentes y no urgentes y que advierte que empezará a gobernar a golpe de decretos.

¿Qué sucederá? Esperemos. El pulso apenas empieza.

martes, 15 de septiembre de 2026

Entre la seguridad y la geopolítica: el debate en Perú por la adhesión al Escudo de las Américas

 

Foto: Canal N: Escudo de las Américas: ¿Qué es y cuáles son sus objetivos?

    • La oposición denuncia la injerencia de EE.UU. pero condesciende ante la influencia de China. 
    • El rechazo al acuerdo prioriza el purismo político sobre la urgente protección de la ciudadanía.
    • Descartar la "única" propuesta transnacional frente al crimen organizado condena a los ciudadanos a sucumbir frente a la delincuencia.
La reciente confirmación de la adhesión del Perú al Escudo de las Américas ha vuelto a encender el debate sobre los límites de la soberanía, la seguridad nacional y la política exterior. Esta iniciativa busca articular un marco regional de cooperación para el intercambio de inteligencia y la acción coordinada contra el crimen organizado transnacional. 

No se trata de un tratado de defensa mutua —no es un TIAR 2026—, sino de un mecanismo operativo frente a redes delictivas complejas como el Tren de Aragua. El anuncio formal peruano, realizado el pasado 10 de septiembre de 2026 tras el encuentro entre Keiko Fujimori y el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, ha generado reacciones intensas y polarizadas en el escenario político local.

Las posturas en el plano nacional
Los sectores favorables a la adhesión destacan que la magnitud y, en especial, la complejidad del crimen transnacional exigen capacidades de inteligencia y tecnología que superan los recursos individuales del Estado peruano. El acuerdo, sostienen, no implica una cesión formal de soberanía y recuerdan que el eventual ingreso de tropas u operadores extranjeros al territorio nacional continuaría sujeto a la aprobación constitucional del Congreso de la República.

La oposición —principalmente articulada por agrupaciones de izquierda y diversas organizaciones sociales— alerta sobre los riesgos de un alineamiento ideológico automático con Washington. Entre sus principales objeciones señalan el peligro de una intervención indirecta, la concesión de inmunidades al personal extranjero, el uso de la agenda de seguridad con fines geopolíticos frente a China y, en última instancia, una subordinación de la política de defensa peruana a las prioridades estratégicas de la potencia norteamericana.

El debate sobre la soberanía y los dobles raseros
La cuestión gira en torno a la soberanía, pero solo en apariencia. La soberanía es el pretexto, mientras que el meollo del asunto está en la ideología. Así lo han aceptado varios intelectuales y profesores universitarios del país y la región.

En conjunto: Vidarte, Zeballos, Kahhat, La Silla Vacía (Pastrana) y La Marea (López) sostienen la tesis del alineamiento ideológico; Zeballos y La República sostienen la tesis del gesto político ante la crisis de inseguridad. El gesto político, sin embargo, es una frase engañosa, pues este es, en esencia, producto de una proximidad ideológica.

Pero, concedamos el beneficio de la duda y admitamos, solo por un minuto, que el factor clave es la soberanía. Cabe preguntarse entonces si la izquierda define y aplica este principio en el país de modo uniforme y coherente. Para evaluarlo, bastan dos casos: el de las brigadas de médicos cubanos y el del megapuerto de Chancay.

Ciertos sectores que critican con vehemencia el acuerdo con Estados Unidos no reaccionan con la misma alarma ante la presencia médica cubana —marcada por denuncias sobre el control estatal de sus salarios y su dimensión diplomática— o ante la creciente huella económica e infraestructura de China en el país. Por el contrario, se suele mostrar una mayor disposición a condescender cuando se trata, por ejemplo, de Pekín y el megapuerto de Chancay, operado por la estatal Cosco Shipping y envuelto en disputas legales sobre el alcance de la supervisión de organismos reguladores locales como Ositrán. 

Esto es un sesgo. Y quienes cuestionan este sesgo señalan la existencia de un estándar asimétrico que se activa ante las iniciativas de Estados Unidos, pero adopta una postura considerablemente más permisiva frente a otros actores globales. Esta incoherencia se manifiesta en diversos ámbitos de la discusión pública: en la condena o relativización de regímenes no democráticos según su alineamiento de bloque; en una crítica más severa hacia la inversión privada occidental que hacia proyectos extractivos financiados por corporaciones estatales de otros bloques; y en una defensa de la "soberanía" que se invoca ante la presencia militar o diplomática de Washington, pero que no muestra la misma cautela ante la dependencia económica, financiera o tecnológica respecto a Pekín u otros actores afines.

Balances y perspectivas
El Escudo de las Américas no es una iniciativa exenta de riesgos, del mismo modo que la presencia china o cubana tampoco es neutra ni inocua. Lo que este debate evidencia es que, para gran parte del espectro político, la soberanía suele medirse no por el grado real de control e independencia que conserva el Estado peruano, sino por la afinidad ideológica con la potencia de turno.

Este sesgo no es exclusivo de un solo sector: la misma subordinación acrítica que se le reprocha a la izquierda respecto a Pekín o La Habana puede aparecer, en sentido inverso, en quienes celebran sin reservas cualquier alineamiento con los intereses de Washington.

La dinámica evoca una metáfora médica: ante un paciente gravemente enfermo, el médico le ofrece el único tratamiento disponible; uno de los familiares, sin embargo, rechaza la terapia no porque tenga una mejor alternativa, sino porque el médico le resulta antipático. Cuando se le advierte que sin ese tratamiento el paciente morirá, la respuesta implícita parece ser que poco importa, con tal de no transigir ideológicamente.

Para la izquierda, el dilema no radica en la efectividad de la gestión pública (como debiera), sino en la preservación de su reputación ideológica. 

Si el Escudo de las Américas demuestra ser eficaz, representaría una pésima noticia para su relato político: desmontaría la retórica antiimperialista (que solo se activa contra EE.UU.), neutralizaría la profundización de las contradicciones sociales y debilitaría su proyecto de retorno al poder a través del descontento.

Más allá de las tiranteces ideológicas, el Escudo de las Américas constituye hoy la única propuesta transnacional novedosa sobre la mesa para enfrentar una amenaza compleja que ha desbordado, por completo, los enfoques locales y de cooperación sobre seguridad ciudadana. Cabe preguntarse si la batería de herramientas tradicionales —mecanismos multilaterales como la CICAD o la ONU, e instancias de cooperación judicial y policial como Interpol, la DEA o el FBI— ha funcionado realmente. Las estadísticas dicen lo contrario: entre enero y julio de 2026, el crimen organizado cobró en el Perú más de 1,500 víctimas de extorsión y sicariato, dejando 1,241 fallecidos a manos de redes como el Tren de Aragua (La República, 16 de agosto de 2026, con cifras del SINADEF y la Fiscalía).

La iniciativa no es, con seguridad, ni perfecta ni inocua, pero rechazarla sin plantear una alternativa equivale, en la práctica, a condenar al país a sucumbir frente al crimen organizado.

lunes, 20 de julio de 2026

¿Se puede obligar a alguien a ser congresista? Por qué el artículo 95 de la Constitución es inaplicable

Lex superior derogat legi inferiori (la ley superior deroga o prevalece sobre la ley inferior). Ante una antinomia donde una norma menor exige algo que la norma superior prohíbe, la norma menor sufre de inaplicabilidad por incompatibilidad jerárquica. La norma inferior entonces "cede" y no puede ser ejecutada. Queda desplazada por la fuerza de la norma superior.

El debate sobre si un político elegido puede renunciar a su cargo antes de juramentar suele entramparse en una lectura al pie de la letra de la ley o en confundir el acto político con el acto jurídico.

Quienes defienden que el artículo 95 de la Constitución —el cual establece que "el mandato legislativo es irrenunciable"— obliga al elegido a asumir sí o sí, olvidan cómo funciona el derecho moderno. Sostener que el cargo es una obligación física e irrevocable es un error: este artículo, entendido como un candado que anula la voluntad del ciudadano antes de empezar a trabajar, es simplemente una norma inaplicable.

Para analizar esto con seriedad, es fundamental separar el acto político del derecho personal. Se puede criticar abiertamente la estrategia, la incoherencia o la falta de seriedad política de Rafael López Aliaga al postular a un cargo que luego decidió rechazar. Se le puede tildar de estafador, condenar mediáticamente y jurar ante Dios no votar jamás por él. Pero, eso pertenece al terreno del debate político y la sanción ciudadana en las urnas. Sin embargo, esa legítima crítica política no puede pasar por encima de su derecho subjetivo e individual a no ser obligado a ejercer una función que ya no desea. La reprobación pública a un político es la consecuencia natural y hasta justificada, pero confiscar sus libertades básicas es otra y es inadmisible.

El error principal de fondo está en confundir ganar la elección con empezar a ejercer el cargo. El voto de la gente elige a un candidato, pero el mandato no se completa de forma automática ni a la fuerza; requiere que la persona, libremente, asista y preste juramento. Obligar a alguien a legislar en contra de su voluntad, bajo amenaza de castigo, destruye el sentido de la representación política y viola un derecho humano básico: la prohibición del trabajo forzado.

Esta garantía está blindada internacionalmente por el artículo 6.2 de la ConvenciónAmericana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José) y el artículo 2 del Convenio 29 de la Organización Internacional del  Trabajo (OIT), los cuales prohíben exigir a un individuo un servicio bajo la amenaza de una pena y en contra de su voluntad. Los tratados internacionales protegen la libertad de las personas por encima de las leyes locales, y ninguna Constitución puede usarse para obligar a alguien a trabajar a la fuerza. No está de más recordar que los tratados internacionales sobre derechos humanos tienen jerarquía constitucional.

Si miramos lo que pasa en otros países, las democracias más sólidas ya superaron esta visión tan rígida. En España (Acuerdo de la Junta Electoral Central sobre renuncia al acta de Diputado electo e Instrucción de la Junta Electoral Central sobre sustitución de cargos representativo) o en el Parlamento Europeo (Fin del mandato de los Eurodiputados), por ejemplo, está clarísimo que, si un candidato electo decide no asumir su cargo o renuncia antes de juramentar, el sistema no lo persigue ni lo arrastra al hemiciclo. Simplemente se acepta su decisión y se llama de inmediato al suplente o accesitario para que ocupe su lugar. Así se protege la continuidad de las instituciones sin pisotear la libertad de nadie.

La reciente decisión del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) al aceptar la declinación de un senador electo va exactamente en esa línea.

El tribunal ha sido sensato al aclarar que la "irrenunciabilidad" del artículo 95 constitucional solo empieza a contar cuando el congresista ya juró y está en pleno ejercicio de sus funciones. No es la solución perfecta, pero  es una solución, aunque solo de coyuntura, incompleta. La renuncia, antes o después de asumir el cargo, es siempre posible y, si no se adaptan a la tendencia de las democracias modernas, volverán a encontrarse frente a casos en donde la ley no tiene manera de hacer cumplir la irrenunciabilidad.

El voto singular del magistrado Gunther Gonzales Barrón.

El magistrado del Tribual Constitucional Gunther Gonzales Barrón emitió un voto en minoría (Resolución N.° 1758-2026-JNE). En ella sostiene que Rafael López Aliaga (RLA) se encuentra impedido de postular a un cargo municipal bajo las siguientes premisas:

  • Irrenunciabilidad del cargo: El artículo 95 de la Constitución establece que el mandato legislativo es irrenunciable desde el momento en que se proclaman los resultados y se otorgan las credenciales.
  • La "Abdicación de hecho": Para resolver la encrucijada de no poder obligar a RLA a juramentar, el magistrado distingue entre Renuncia, que sería imposible jurídicamente por prohibición constitucional, y Abdicación, una mera "situación de hecho" o el acto práctico de negarse a asumir o jurar.
  • Imposibilidad de coacción, pero mantenimiento del impedimento: El magistrado reconoce que el Estado no puede usar la fuerza física ni imponer sanciones directas para obligar a RLA a legislar. Sin embargo, sostiene que, como el título formal de "senador electo" subsiste legalmente, el impedimento para postular a elecciones municipales sigue plenamente activo.---

Desgranemos esto:

La "Abdicación" es una figura ajena al Derecho Republicano. Es un concepto del derecho monárquico (vinculado a la soberanía sobre un trono). En una república, un representante electo no es dueño del poder en propiedad; es un ciudadano cuyo mandato solo se perfecciona mediante la juramentación libre y voluntaria.

Al calificar la negativa como una "abdicación de hecho", la postura en minoría cae en un contrasentido lógico: sostiene que el mandato de RLA subsiste y no existe al mismo tiempo. Es decir, se le considera "senador" para imponerle una restricción electoral, pero no para obligarlo a ejercer el cargo.

La realidad jurídica es más simple: el artículo 95 constitucional es impracticable e inaplicable antes de la juramentación. El artículo 6.2 del Pacto de San José (Convención Americana de Derechos Humanos) prohíbe de forma absoluta el trabajo forzado y la coerción estatal. Es un caso claro de inaplicabilidad del Art. 95 por control de convencionalidad.

Curiosamente, el magistrado reconoce la imposibilidad práctica de forzarlo, pero evita citar explícitamente el artículo 6.2 del Pacto de San José para no admitir que la norma internacional se impone a la ley local.

Y esta omisión no es casualidad. No menciona el citado pacto porque la restricción electoral sería, en realidad, una sanción encubierta a la libertad individual. Restringir la posibilidad de postular a otro cargo por el solo hecho de negarse a jurar equivale, en la práctica, a aplicar una sanción o castigo por ejercer su derecho subjetivo a cambiar de opinión y no trabajar en algo que no desea, violando el principio de legalidad y la prohibición de coacción.

¿Es razonable equiparar el deber de representación política con la prohibición del trabajo forzado?

En un debate en las redes se me dijo que no era razonable equiparar (a) el deber de representación política con (b) la prohibición del trabajo forzado. Yo no hago aquello: eso es una distorsión del argumento. Y no lo hago porque cada uno de ellos (a y b) pertenece a categorías conceptuales distintas y, por ende, son inequivalentes.

El deber de representación política pertenece al mundo de las obligaciones. La prohibición del trabajo forzado, al de las consecuencias jurídicas del incumplimiento de esas obligaciones. La obligación es un acto jurídico que se exige y depende de la voluntad libre del ciudadano; la consecuencia es lo que puede hacer o no el Estado o el acreedor frente al incumplimiento de la obligación por parte del ciudadano.

Por lo tanto, lo que estoy equiparando —y el derecho comparado me respalda— son los mecanismos de coacción y las consecuencias punitivas que el Estado o un empleador pueden legalmente aplicar sobre un ciudadano cuando este se niega a prestar un servicio personal o asumir un deber.

En el derecho civil, laboral y administrativo existe un principio universal: las obligaciones personalísimas de hacer no admiten ejecución forzada.

En el ámbito laboral/contractual, si un médico, un ingeniero o un trabajador se niega a cumplir su contrato, el empleador no puede obligarlo físicamente a trabajar, ni puede imponerle como sanción la pérdida de sus derechos civiles o el impedimento de trabajar en otra parte. Las únicas consecuencias legales son las pactadas en el contrato, la resolución del contrato y, si fuese el caso, una indemnización por daños y perjuicios, pero nada que implique la pérdida de la libertad personal.

En el ámbito político, la representación es una obligación personalísima por excelencia. Si el ciudadano electo se niega a jurar/asumir, el Estado tampoco puede obligarlo físicamente ni castigarlo quitándole otros derechos políticos. La única consecuencia institucional es activar el mecanismo de reemplazo (el accesitario).

Los límites de la coerción estatal

El deber de representación política existe, pero carece de fuerza ejecutiva sobre el cuerpo y la voluntad del ciudadano. Cuando el Estado intenta castigar la negativa a asumir un cargo privando al ciudadano de su derecho a postular a otra función, está utilizando el poder del Estado no para preservar la representación, sino como una herramienta de coacción punitiva. Y es ahí donde el artículo 6.2 del Pacto de San José le pone un freno absoluto al Estado: el poder público no puede usar sanciones o privaciones de derechos para forzar la voluntad de un individuo a realizar una tarea que no desea.

En resumen, el debate no es sobre qué es la representación política, sino sobre hasta dónde puede llegar el brazo punitivo del Estado. Ni un empleador privado ni el Estado republicano poseen la facultad de castigar o restringir derechos fundamentales a quien decide libremente no prestar un servicio personal. Pretender usar la privación de derechos políticos como garrote para forzar la asunción de un cargo es, técnicamente, una forma de coerción estatal prohibida por el derecho internacional.

Separamos la ética político-electoral del derecho fundamental

Se puede (y se debe) criticar la conducta irresponsable de RLA en el plano político, pero la única sanción posible es la que podrían darle los electores en las urnas en las próximas elecciones municipales. La condena ética jamás puede justificar que el Estado atropelle los límites infranqueables de los derechos humanos. 

En suma, el JNE (mayoría) resolvió correctamente al otorgar la credencial al accesitario.

La libertad humana como valor supremo

En una democracia de verdad, el valor supremo es la libertad humana. Convertir un cargo público en una condena de servicio obligatorio nos devolvería a épocas autoritarias que ya dejamos atrás. El Congreso se defiende llamando a los accesitarios para que trabajen, nunca encadenando a la curul a quien ya no quiere estar ahí.

domingo, 10 de mayo de 2026

Una lectura de "Los hermanos Ashkenazi" de I.J. Singer


Esta reseña  de "Los hermanos Ashkenazi" de I.J. Singer pretende ser una lectura desde la mirada del habitante de una época y geografía que no ha vivido la barbarie de los pogromos y la guerra total. Mi generación. Tu generación. Mi geografía. Tu geografía.

* * *

Hay libros que se leen e historias que habitas. "Los hermanos Ashkenazi", la obra maestra de I.J. Singer, pertenece a este segundo y escaso grupo. A lo largo de sus casi 700 páginas, la novela no solo narra el ascenso y caída de la ciudad polaca de Łódź —la "Manchester del Este"— a lo largo de un siglo, entre el final de las guerras napoleónicas y la Primera Guerra Mundial, sino que ofrece algo que los libros de historia suelen omitir: la vibración que esos eventos causaron en la carne y el hueso de quienes vivieron en esos años, más allá del frío dato de las estadísticas.

El humo y el ruido

La novela nos sumerge en Łódź,una ciudad que es, al mismo tiempo, la tierra prometida de la segunda revolución industrial y un infierno de hollín. Situada en el corazón de Polonia y marcada por la frontera polaco-rusa, Singer nos hace respirar el aire cargado de químicos de las tintorerías y sentir el lodo de las calles que se transforman en avenidas de palacios rodeadas de tugurios infectos.

Lo más impactante es la experiencia física de las fábricas. El autor logra que escuchemos el estruendo ensordecedor de los telares mecánicos, un ruido que no solo devora el silencio, sino también la salud y la cordura de miles de obreros. En esos pasajes, el "progreso" no es una palabra elegante en un discurso, sino un monstruo de hierro que exige sacrificios humanos diarios. La ambición de Max Ashkenazi no se siente en sus pensamientos, sino en su capacidad de fundirse con ese ruido, convirtiéndose él mismo en una pieza más de la maquinaria.

El "chivo expiatorio" y el péndulo de la ocupación

Uno de los puntos más reveladores de la obra es cómo Singer retrata la vulnerabilidad de la población judía, atrapada en el péndulo de las potencias. Vemos a Łódź pasar de la ocupación rusa a la alemana, y en cada cambio de guardia, la tragedia se repite: los judíos son siempre los culpables de todo.

Singer disecciona magistralmente el mecanismo del "chivo expiatorio": cuando la economía colapsa o el ejército retrocede, los gobiernos y las poblaciones frustradas necesitan un culpable. Aquí, el antisemitismo no es un concepto abstracto, sino el sonido de una bota contra una puerta a medianoche. Esta narrativa es fundamental para entender que el éxodo hacia Palestina que se materializó en el país llamado Israel en 1948 no fue un evento súbito, sino la respuesta desesperada a siglos de ser víctimas de gobernantes de ciudades, reinos e imperios que necesitaban canalizar el odio social. Es el relato de un pueblo que ayudó a industrializar una tierra que, sin embargo, nunca terminó de aceptarlos.

Se trata, pues, de una vulnerabilidad que no ocurrió solo durante las dos Guerras Mundiales, sino que se padeció desde inicios de la diáspora judía y se practicó sistemáticamente durante la Edad Media y Moderna europeas. Una vulnerabilidad que explica la necesidad del retorno y de una tierra propia.

Los hermanos: el choque de dos voluntades

En el centro de este huracán están los hermanos Max y Jacob Ashkenazi, dos polos opuestos que encarnan las tensiones de su tiempo. Max es la voluntad pura, la ambición mecánica, un hombre que parece querer convertir su propia vida en una de sus fábricas. Jacob es el carisma, la ligereza, el hombre que fluye con el mundo. Su rivalidad no es solo fraternal; es el choque entre dos formas de entender la modernidad en un mundo que no permite errores.

Si "La marcha Radetzky" de Joseph Roth es la crónica de una "autopsia emocional" —el lento desmoronamiento de un imperio que muere por agotamiento—, "Los hermanos Ashkenazi" es el relato de un incendio. Mientras en Roth asistimos al velorio de un mundo cosmopolita y aristocrático, en Singer vemos la pira en la que arde la ambición humana. 

Lee aquí mi reseña Crónica de una autopsia emocional: La marcha Radetzky de Joseph Roth.

Ambas obras convergen en el estallido de 1914, pero Singer nos deja con una sensación más visceral de pérdida: no solo cayó un imperio, cayó un sistema de vida, una lengua y un pueblo que creyó que el progreso industrial podría protegerlo de la barbarie.

El lector sudamericano

Para un lector sudamericano, habitante de geografías marcadas por una violencia interna persistente pero ajenas a la escala de las "guerras totales" europeas, la obra de Singer resulta estremecedora. Mientras que en nuestra historia la violencia a menudo se siente como una fractura social, en los Ashkenazi la guerra se presenta como una maquinaria industrial que borra fronteras, poblaciones y culturas enteras de un plumazo.

La traducción: el reto del Idish

Es imposible no mencionar que esta obra fue originalmente escrita en idish. Y ¿qué tiene de especial? te preguntarás, querido lector. Yo me hice la misma pregunta. ¿En qué radica la dificultad? En que el idish es una lengua de fusión que mezcla estructuras germánicas, hebreas y eslavas, creando una "tensión" interna que el español no posee. 

Mientras que nuestro idioma es mayoritariamente romance y directo, el idish opera en varios niveles simultáneos: usa el hebreo para lo sagrado, el alemán para lo cotidiano y el eslavo para lo emocional. 

Traducir a Singer implica intentar replicar esa ironía autocrítica y ese sistema de diminutivos que definen jerarquías espirituales y afectivas muy precisas, las cuales suelen aplanarse o perder su "filo" al verterse al molde más solemne y categorizado del castellano.

En términos culturales, el idish encapsula la psicología de una minoría en diáspora, con conceptos como Mensch o Chutzpah que son verdaderas instituciones morales imposibles de traducir con una sola palabra. 

El reto del traductor es pasar de una lengua nacida para la resiliencia y el secretismo de los guetos a una lengua de estados-nación y grandes imperios. 

Como resultado, leer Los hermanos Ashkenazi en español es un triunfo técnico: es lograr que la melodía de un violín klezmer se escuche con claridad en una guitarra española, manteniendo el "quejido" y el alma de un mundo que ya no existe fuera de sus páginas.

Verter este mundo a nuestro idioma es un reto monumental que el traductor supera, permitiéndonos escuchar la voz auténtica de un pueblo que la historia intentó borrar.

La estadística contra el rostro

Los hermanos Ashkenazi es una lectura necesaria para entender que la historia no la hacen los mapas, sino las personas que intentan desesperadamente no ser borradas por ellos.

Hoy, mientras consumimos noticias sobre conflictos modernos donde los muertos se cuentan por miles en gráficos de barras y los desplazados son simples porcentajes en una pantalla, la obra de Singer actúa como un correctivo moral. Nos recuerda que, detrás de cada cifra económica y de cada movimiento de tropas, hubo una vez un hombre que, como Max Ashkenazi, creyó que podía ser el dueño de su destino. 

Cerrar este libro es dejar de ver la historia como una estadística para empezar a verla, de nuevo, como una herida humana.

sábado, 21 de marzo de 2026

¿Capitalismo feudal o soberanía del consumidor?

 


Una respuesta a Roberto Seghetti desde la experiencia de mis 62 años

En el debate económico actual, ha ganado fuerza una etiqueta provocadora: el "capitalismo feudal". 

Uno de sus exponentes, el periodista italiano Roberto Seghetti, sostiene que hemos regresado a una estructura medieval. Según él, las grandes tecnológicas no compiten, sino que son "señores" que cobran tributos por acceder a la "tierra digital" (Amazon, Netflix, Google).


Habiendo vivido la era del vinilo, el cassette y el CD, y tras haber hecho verdaderas proezas para conseguir un solo disco de 45 RPM (dos canciones) en mi juventud, tengo argumentos para decir que esta crítica es una pataleta ideológica que ignora la realidad del bolsillo y la libertad del usuario. 

Seghetti argumenta que estas plataformas son parásitos que extraen renta de un mercado cautivo.

  • La realidad: Un señor feudal cobraba por un puente que él no mantenía. Hoy, pagamos por una proeza tecnológica: servidores globales que transmiten en 4K sin cortes y algoritmos que aprenden de nuestros gustos. Mantener esa "biblioteca de Alejandría" en la palma de tu mano cuesta miles de millones en inversión constante. No es un peaje; es un servicio de lujo a precio de risa.

Para los críticos, no ser dueño del objeto físico es una pérdida de poder. Yo lo veo al revés:

  • La fragilidad física: Los discos se rayan, las cintas se enreden y los CDs se oxidan. Pero hay algo más: lo físico te lo pueden robar. Un incendio o un robo en casa acababa con tu colección de años.

  • La invulnerabilidad digital: Mis licencias en la nube no se queman ni se pierden. Y seamos pragmáticos: si le das tus claves a tus hijos, ellos heredan tu biblioteca entera sin pagar un solo centavo de impuesto de sucesiones y sin que ocupe un metro cuadrado de estantería. Es propiedad líquida, segura y portátil.

Seghetti ve un sistema de "vasallaje" donde el pequeño productor sufre.

  • El viejo paradigma: En los 80, mandaban cinco ejecutivos de discográficas. Si ellos decían que no eras comercial, no existías. Eso sí era un feudo cerrado.

  • Hoy mandamos nosotros: Cualquier artista se autopublica hoy desde su habitación. La "curaduría" ya no es una imposición de un tipo con traje en una oficina de Nueva York o Tokio; es un diálogo democrático entre el creador y el público a través de la red.

  • Irónicamente, la mirada de Seghetti es la que permanece anclada en una mentalidad feudal al no comprender la diferencia entre la carga de la propiedad y la libertad del acceso. 

  • Su error es fetiche: cree que la libertad reside en poseer el objeto físico (el disco, el libro, el soporte), sin entender que ser dueño de un objeto te obliga a su mantenimiento, cuidado y protección contra el robo o el tiempo. 

  • En la economía moderna, el consumidor inteligente ha descubierto que es mucho más libre quien posee el derecho de uso que quien carga con el peso del activo; delegamos el mantenimiento y la obsolescencia a la plataforma para reservar nuestro tiempo y capital en lo que realmente importa. El siervo medieval estaba atado a la tierra por obligación; el usuario de hoy entra y sale del servicio por elección, demostrando que la verdadera soberanía no es acumular cosas, sino poseer opciones.

Por último, para desarmar la teoría de Seghetti, solo hace falta una calculadora.

  • En 1980: Un disco de vinilo de estreno costaba unos $8.99 USD.

  • Ajustado a 2026: Esos mismos $8.99 equivalen hoy a unos $38.00 USD.

La conclusión es letal: Con el precio de un solo disco físico en los 80, hoy pagas tres meses de acceso ilimitado a 100 millones de canciones. Somos un 300% más ricos en acceso cultural que cuando éramos "dueños" de trozos de plástico.

El error de Seghetti es confundir la conveniencia con la coacción. El siervo medieval no podía elegir a su señor; nosotros elegimos la plataforma porque nos da un valor incalculable por una suma ridícula.

A mis 62 años, no me siento un "siervo". Me siento el dueño de una riqueza cultural que mis padres ni siquiera pudieron imaginar. 

Llamar a esto "feudalismo" no es economía; es nostalgia mal informada.

domingo, 15 de marzo de 2026

Crónica de una autopsia emocional: La marcha Radetzky de Joseph Roth




 

¡Así era antaño! Todo lo que crecía requería mucho tiempo para crecer y todo lo que desaparecía requería mucho tiempo para ser olvidado. Por otro lado, todo lo que había existido alguna vez había dejado su huella, y, además, antes se vivía de los recuerdos igual que ahora se vive de la capacidad de olvidar deprisa y por completo. (Roth, Joseph. La marcha Radetzky (Alianza Literaturas) (p. 142). Alianza Editorial. Edición de Kindle.)

    Como parte de mi itinerario de lecturas de 2026, he concluido La marcha Radetzky, una obra que trasciende la crónica histórica para convertirse en el testamento personal de Joseph Roth. Tras investigar su biografía, resulta evidente que la novela no solo narra el fin de una era, sino que fragmenta la psique del autor en una galería de personajes que reflejan su zozobra, sus deseos de libertad y su trágica autodestrucción.

La estirpe de los Trotta: El peso de la gloria y el vacío

    La novela traza la decadencia del Imperio austrohúngaro a través de tres generaciones de la familia Trotta. Su destino queda sellado por un acto heroico fortuito: el abuelo salva al emperador Francisco José en la batalla de Solferino. Este evento les otorga el título de "Barón von Trotta", una identidad que termina siendo una carga asfixiante.

El Imperio como tragedia de identidad

    Para Roth, el Imperio —simbolizado por un Francisco José que actúa como "padre ausente"— no era solo una entidad geopolítica, sino un ancla de identidad. Como judío que se sentía "austríaco" por encima de todo, la fragmentación del imperio en nacionalismos hostiles lo dejó en la orfandad absoluta.

Los personajes como espejos de su deriva existencial

    Roth no se limitó a los protagonistas para proyectarse; utilizó a los personajes secundarios para dar voz a sus pulsiones más profundas:

  • El Barón Franz von Trotta: Encarna el orden rígido y la burocracia imperial que Roth añoraba pero sabía condenada. Representa una identidad clara que no puede sobrevivir fuera de su ecosistema político. 
  • Carl Joseph Trotta: El nieto personifica la alienación. Heredero de los privilegios pero no de la riqueza ni de la convicción, se siente un extraño en su tiempo. Atrapado en una estructura militar vacía, busca refugio en el alcohol, las deudas y el adulterio, espejando los años de exilio de Roth en París.
  • El Dr. Demant y el cabo Onufrij: Representan la búsqueda de la libertad y lo esencial. A través de ellos, Roth explora la posibilidad de una vida fuera de las convenciones aristocráticas, aunque marcada por la fatalidad.
  • El pintor Mose: Es la personificación de la bohemia y la bebida. Encarna la libertad creativa pero también la pulsión autodestructiva del autor.
  • El Conde Chojnicki: Actúa como la conciencia del desastre. Es quien posee la certeza del fin, articulando la amarga convicción de Roth de que la patria se acaba y el mundo de ayer está siendo devorado.
El oficio de escribir
    Desde el punto de vista de la técnica literaria, quiero mencionar dos recursos magistrales:

  • El retrato del héroe de Solferino: Funciona como un leitmotiv visual. A medida que el cuadro se deteriora o cambia de lugar, Roth narra sin palabras el declive moral de la estirpe: 

El abuelo de Carl Joseph quizá la habría entendido también! Su enigmático retrato se perdía en la sombra de la moldura del gabinete. La memoria de Carl Joseph se aferraba a aquella imagen como único y último símbolo que le había legado su larga cadena de antepasados desconocidos. Él era su heredero. Desde que se había incorporado al regimiento, se sentía nieto de su abuelo y no hijo de su padre; es más, era el hijo de su peculiar abuelo. (Roth, Joseph. La marcha Radetzky (Alianza Literaturas) (p. 79). Alianza Editorial. Edición de Kindle.)

  • El ritmo de la prosa: La novela mantiene un tono melancólico y pausado que imita el compás de los valses y las marchas militares, pero siempre introduce una nota discordante que anuncia el desastre inminente.

Conclusión: El final de la ficción y la realidad

    La muerte de Joseph Roth en 1939 en un hospital para pobres en París, víctima de delirium tremens tras enterarse del suicidio de su amigo Ernst Toller, guarda un eco escalofriante con su obra.

    Su final guarda paralelismos con el destino del marido de su amante en Viena, cerrando un círculo de fatalidad. Roth sufría no era un trastorno que se curara con terapia; era un dolor histórico. Él no estaba preocupado por el futuro; estaba de luto por el pasado. Sus personajes no tienen ataques de pánico modernos; tienen una asfixia espiritual.

    Al igual que los Trotta, Roth prefirió "beberse el final" antes que rendirse a la barbarie nazi, convirtiendo su propia vida en la última página de su gran elegía imperial.

Reseña biográfica de Joseph Roth

"Soy un hombre que vive en una habitación de hotel en la Rue de Tournon (el Hôtel de la Poste, en París), escribiendo en la mesa de un café y sin un pasaporte que me dé una identidad real".

   Joseph Roth (1894-1939) no fue solo un escritor; fue un fantasma que sobrevivió a su propia casa. Nacido en Brody (Galitzia, en los márgenes del Imperio austrohúngaro), creció en una frontera donde las lenguas y las culturas se mezclaban bajo la sombra protectora de la corona de los Habsburgo.

    Para Roth, la disolución del Imperio en 1918 no fue una liberación política, sino una catástrofe existencial. Al desaparecer el águila bicéfala, perdió el único marco que le permitía ser, al mismo tiempo, judío, cosmopolita y austríaco. Se convirtió en un "homeless" espiritual, un hombre que veía cómo los nuevos nacionalismos alzaban muros donde antes había puentes.

    Su vida se convirtió en una huida hacia delante por las cafeterías y hoteles de Europa, empezando a verse a sí mismo como un "habitante de hoteles". En una carta a su amigo Stefan Zweig, se definía con crudeza: el hotel, decía, era el único lugar donde se sentía en casa porque era un espacio de "tránsito permanente", igual que su propia vida.

    En sus últimos años en París, exiliado del nazismo y sumergido en el alcohol, Roth se aferró a una nostalgia casi mística por un mundo que ya no existía. Murió en 1939 en un hospital para indigentes, justo antes de ver cómo el resto de Europa sucumbía a la misma oscuridad que ya había devorado su memoria.

    Roth murió prematuramente a los 44 años y no recibió en vida el reconocimiento que se le debía. Sin embargo, autores de la talla de Mario Vargas Llosa, J.M. Coetzee o Nadine Gordimer (todos ellos premios Nobel) lo han citado como una influencia fundamental por su capacidad para capturar el "alma de una época" que se desvanece.

    Su legado literario sigue vivo hoy, 87 años después de su muerte. Que un diplomático, que ha pasado la mayor parte de los últimos 35 años de su vida profesional fuera de su país, lo lea y lo reseñe con tal cercanía, es tal vez el más humilde, pero también el más sincero de sus premios.

viernes, 6 de marzo de 2026

El estudio como acto de fe: De la Biblia a El Capital


En el mundo académico y científico, estudiar es un proceso de indagación donde la duda es la herramienta principal. Se estudia algo para entenderlo, desarmarlo y, si la evidencia lo permite, creer en él o refutarlo. 

El texto que se estudia es una herramienta provisional y el objetivo, descubrir la verdad, esté donde esté. El que estudia se pregunta: ¿Existe evidencia empírica que demuestre que esto es verdad?

Sin embargo, en las tradiciones dogmáticas —ya sean teológicas o políticas— el verbo "estudiar" cambia radicalmente de naturaleza. En ellas, la revelación y no la duda es el punto de partida. 

La evidencia no cuenta.

Así, tanto en el estudio de la Torá como en el de la Biblia y el Corán, el texto no es un objeto de análisis, sino una revelación. 

Y, si un estudiante de teología no comprende un pasaje o encuentra una contradicción, la culpa nunca es del texto (que es divino), sino del intelecto del alumno (que es limitado). Es decir, el "estudio" aquí no es la búsqueda de conocimiento nuevo, sino un ejercicio de interpretación forzada. 

El que estudia se pregunta: ¿Cómo logro que la realidad encaje en lo que ya está escrito?

Con El Capital de Carlos Marx ocurre lo mismo.

Para el militante de izquierda, el texto de Marx no es un tratado de economía sujeto a errores históricos, sino una verdad científica revelada. El resultado de este "estudio" siempre es binario: Si lo crees, eres un economista formado y consciente; y si no lo crees, es que "no lo has estudiado lo suficiente" o tu "conciencia de clase" está nublada. El texto que se estudia es una verdad eterna e infalible y el objetivo, confirmar la verdad que ya se posee.

Por lo tanto, decir que un militante de izquierda ‘estudia’ El Capital es, en esencia, una contradicción hasta en el nombre. Si el resultado del estudio está determinado de antemano (tienes que terminar creyendo), entonces no hubo duda ni investigación, sino un proceso de adoctrinamiento.

Cuando el Che afirmaba que no se podía ser economista sin conocer El Capital, no hablaba de conocer una teoría para debatirla, sino de adoptar una cosmovisión como quien recibe el bautismo.

El problema de este enfoque es que, cuando la realidad contradice al libro (por ejemplo, cuando la economía planificada falla, como lo hace siempre), el dogmático prefiere castigar y reprimir a la realidad antes que corregir el texto. Y esa realidad son vidas humanas.

En conclusión, el estudio auténtico requiere la libertad de dudar y poder decir "esto está equivocado". Sin esa posibilidad, estudiar la Biblia, la Torá, el Corán o El Capital es simplemente un ejercicio de gimnasia mental para justificar una fe preexistente. Al final, el "estudioso" no es más que un converso fanático que aprendió el vocabulario técnico de su propia religión.